Archive for Junio 2008

Presentación del libro “Jefazo”

El próximo miércoles 18 de junio de 2008 a las 20hs se presentará el libro Jefazo, una biografía sobre el presidente de Bolivia Evo Morales.

Esta actividad organizada por el programa de Radio Nacional Córdoba “Aves de Prensa” contará con la presencia de su autor Martín Zivak. La misma se realizará en la sede de la Asociación Cultural Israelita de Córdoba, Av. Maipú 350.

Los periodistas Sergio Carreras y Mariano Saravia se referirán sobre la obra.
Coordinación Jorge Lewit.

Recibiremos a los asistentes con té de coca y se sorteará entre los mismos un ejemplar del libro

Auspician: Coopi y ACIC

1 comment 12 Junio , 2008

JUICIO A MENÉNDEZ POR MARCELO POLAKOFF

NOTA DE INTERÉS | El diario del juicio

Tabicados

Marcelo Polakoff*

Desconocía el término.
O lo asociaba vagamente a una cuestión de ubicar algún que otro tabique de madera para separar algunos ambientes de otros.

Pero a partir de ayer por la mañana esta palabra pasó a formar parte de mi vocabulario con un sentido completamente distinto e impensado, gracias al desgarrador relato de Teresa Meschiatti, que en persona escuché -como todos los que estábamos presentes en los Tribunales Federales- en el juicio a Menéndez y a otros siete represores de la dictadura militar.

Dediqué la mañana a darme un baño de ciudadanía, y a seguir tomando lecciones de justicia, dos tareas que harto recomiendo.

Con sus 64 años muy bien puestos, ésta sobreviviente del campo de concentración de “La Perla” y primer testigo de este histórico juicio, explicó con lujo de detalles todo lo acontecido en sus dos años, tres meses y tres días de permanencia en el infierno, a escasos centímetros de los impávidos rostros de sus torturadores.

Las crónicas darán cuenta del contenido de sus estremecedores dichos.

Yo solamente me quiero detener en este término: “tabicados”.
Teresa, gesticulando con sus manos, nos contó cómo sus captores casi permanentemente mantenían con los ojos vendados a los habitantes de La Perla, tratando de impedirles todo contacto visual con el mundo exterior. Era uno más de los numerosos tormentos a los que los sometían, y sin embargo -según su testimonio- la mayoría se las arreglaba, de algún modo, para otear aunque más no sea algo de aquello que les era prohibido mirar.

Por debajo de la venda, y tal vez con el tabique de la nariz como obstáculo, lograban espiar un poco de suelo, alguna que otra pierna, y a veces -estirando un poco el cuello- algún rostro.
Escuchaba a Teresa, y a través de ella a tantos otros con sus voces sepultadas, y los imaginaba así, “tabicados”, sujetos por completo al campo visual de sus verdugos, tratando de atisbar aquello que nadie quisiera ver.

Y me dolía Teresa, y me dolían los muertos y los desaparecidos. Y me dolía cuando Teresa mostraba su brazo arrugado y decía que aunque no tuviera el número grabado como los judíos en los campos de concentración nazis, todavía tenía a más de 30 años de distancia, las marcas de las picanas en sus piernas.
Y me dolía mi país y su justicia, tantos años “tabicados”.
La tradición hebrea ha preferido siempre el sentido de la escucha por sobre el de la visión.

Porque en última instancia, no hace falta ver para creer.
Hay que escuchar para creer.
Hay que abrir los oídos a la historia para sacarse las vendas, percibir de verdad y ejercer justicia.
Dios quiera que entonces, dejando de estar tan “tabicados”, los argentinos podamos prontamente tomar algunas de esas vendas, y usarlas esta vez para curar.

*Rabino, miembro del COMIPAZ

La Agrupación Hijos lanzó un diario virtual muy completo en el que siguen paso a paso el primer juicio a los represores de La Perla. Se puede ver en www.eldiariodeljuicio.com.ar

Add comment 10 Junio , 2008

Para pensar la escuela de hoy.

Un texto que nos invita a pensar.
Espero lo haga(mos)

Fresco, rapidito, inteligente
Adolescentes frescos, rapiditos e inteligentes, como los quiere el mercado,
y la relación entre esos atributos y la escuela.

Por Néstor Abramovich *
Fue uno de los hits publicitarios del último verano y patentizó, una
vez más, la cuestión de la autoridad en la escuela.

Quizás el lector lo tenga presente. Un escenario montado en un gran espacio público; un joven y animado cantante no muy talentoso; una banda tan osada como aficionada que lo acompaña: se presentan sonrientes y un poco nerviosos ante un público más solidario que exquisito en lo que parece un festival no comercial. Pero eso no es todo. Porque cuando comienza el tema, dice así:

“Juan era el parlante de la clase.
La profesora le tenía fobia.
Muy enojada le ordenó: ‘¿Querés salir?’
y contestó: ‘No, gracias, tengo novia’.
¡Qué fresco, rapidito, inteligente;
qué bueno es vivir como esta gente!”

La letra fuerza un giro de 180 grados y aparece un contexto escolar sin adolescentes proactivos ni proyectos colectivos. Es el soberbio retruécano de Juan lo que resulta muy valorado por los publicitarios de la gaseosa.

No sé si podemos reprocharles algo. Su trabajo creativo es ayudar a vender más litros de Seven Up. Su intención es refractar, no reflejar; modelar, no mostrar. Es sólo un spot más de esos en los que niños y
adolescentes son objeto de un mercado constructor de conductas y significados.

¿Qué mejor que asociar la gaseosa, entonces, al nuevo imaginario de la escuela? Uno que congela varias imágenes; la del protagonista: un estudiante díscolo, vocero de un desencanto; la de la actriz de reparto: una profesora de impotentizada profesionalidad que no sabe si rechazarlo o temerle; ambos –docente y alumno– constituidos en simétricos antagonistas con simétricos malestares; una tensión que desencadena en el reto de la que no se anima a tomar el lugar adulto y termina confinada en un ninguneo.

La imagen, dijimos, se congela. La suerte está echada antes de empezar a jugar. La perinola no gira. Ambos pierden, todos pierden.

Y, sin embargo, Juan es proclamado ganador. Imaginamos a la profesora arrinconada por un código con el que no tiene puente. Y a la barra brava del muchachito, celebrándolo: ¡qué fresco, rapidito, inteligente!

Como los pospayadores de la gauchocracia cacerolera. Así llamó Horacio González en este diario a los que arremeten de igual a igual contra la legitimidad de un gobierno democrático, llaman diálogo al intento de
imponer sus intereses y, como Juan, son festejados por una platea (y unos relatores) que bastardean la memoria colectiva y fantasean con lo bueno que es vivir como esa gente.

Pero volvamos al campo de esta nota. Hay otra cuestión: la escuela ¿puede volver a autorizarse? Sí, puede. A lo que no puede volver es a pasados mejores en los que cada cual sólo atendía su juego. Ese juego ya no puede repetirse. Y no sólo por cuestiones de época.

Las repeticiones dan cuenta de algo no elaborado. Establecen una prohibición a la capacidad de asombro y a su posibilidad de anular el gesto de la costumbre. Los sujetos están en dificultad de saber y aprender, cuando el asombro abandona sus existencias cotidianas.

“¿Cómo enseñar a pensar?”, se preguntó Edgar Morin ante la preocupación por la crisis universal de la educación, a la que le propuso el siguiente desafío: “Formar ciudadanos capaces de afrontar los problemas de su época”. Desde esta perspectiva, la escuela puede crear oportunidades que reinstalen diversos sentidos: reforzar la aptitud interrogativa, vincular el saber a la duda, integrarlo a la propia vida para plantearse los problemas fundamentales de la propia condición y del propio tiempo.

Con docentes narradores, como le escuché decir hace unos años a Nicolás Casullo, capaces de transmitir, como acto de desprendimiento, los grandes relatos de la humanidad. Capaces de someter esos relatos a
miles de traducciones, de reproches, de entusiasmos, de deconstrucciones y de sueños.

Creo que hoy, pensar y construir colectivamente es transgredir. Las aulas pueden ser espacios privilegiados para esa transgresión en la que, paradójica y necesariamente, se inscriban las reglas, los límites y las asimetrías.

Un buen docente es un profesional adulto, consistente y receptivo. No sólo no se amilana sino que –en cambio– provoca, mueve e incita tanto como ayuda y orienta. Su autoridad posible, así como la de la escuela, reside en animarse a parar la clase para que se aprenda más y a reintegrar los programas de estudio en proyectos participativos de indagación y acción.

Termino. ¿La escuela puede autorizarse? Sí, debe. Si así no lo hiciere, que la memoria y la Justicia se lo demanden.

* Especialista en Educación. Director del Colegio de la Ciudad.

Publicado el lunes 9 de junio de 2008
http://www.punksunidos.com.ar/operaciondelacruz/

Add comment 7 Junio , 2008

La biblioteca escondida

Una conmovedora vivencia que incluye una casa, libros perdidos y la orfandad de cinco hermanos criados a la buena de la solidaridad en tiempos de tanta oscuridad.


Norma Morandini

Periodista

Las lágrimas infantiles expresaron la emoción contenida de los adultos: “Estamos todos, faltan ellos”, dijo Luisina, la más pequeña de los nietos. Los abuelos ausentes, presentes en cada rincón de esa casa a la que tres de los cinco hermanos Gerchunoff regresaron ya padres, en busca de la infancia perdida.

Encontraron mucho más que las paredes de la casa que los cobijó como hijos: la biblioteca que sus padres empotraron para impedir las llamas de las hogueras con las que la dictadura pretendió quemar las ideas. Sin embargo, ni el padre comunista pudo evitar su secuestro y el paso por los campos de detención clandestinos, La Perla y La Rivera, ni la madre, la insania con la que protegió su desolación.

Tal como sucedió en otros tantos hogares, la familia se dispersó: una conmovedora historia que incluye una casa despojada, una biblioteca perdida y la orfandad de los cinco hermanos criados a la buena de la solidaridad, en aquellos tiempos de tanta oscuridad.

Eva Maltz y Salomón Gerchunoff, con sus cinco hijos, Roberto, Beatriz, Luis, Ana y Nora, no eran una familia muy diferente a la de las parejas de profesionales jóvenes que fueron poblando Parque Vélez Sársfield, ese barrio del sur de Córdoba, la ciudad rebelde que anticipó en las muertes y el miedo lo que se extendería al resto del país.

La madre, una arquitecta bella y lúcida; el padre, un abogado comunista defensor de obreros y perseguidos políticos, que ya había recibido numerosas amenazas de la temida Triple A.

Sin embargo, un año después del golpe militar del 24 de marzo de 1976, el abogado seguía viviendo en la misma casa. Aquel 26 de mayo, un sábado en el que un comando vino a buscarlo, reposaba por causa de una lesión en la pierna, que como casi todas las lesiones masculinas tienen una única y exclusiva causa: el fútbol.

En aquellos días reclamaba por “Cacho” de la Pena, un militante obrero acribillado en el Cabildo que apareció en el Hospital Militar. No era el único. Integrante de la Liga por los Derechos del Hombre, abogado de Smata, sus causas eran los más débiles.

Gerchunoff estuvo tres meses desaparecido y su mujer, como tantas otras madres y esposas, vivió el calvario de la búsqueda. Tal como iría a suceder más de una vez en la vida familiar, fue el entorno barrial el que los protegió. La hija médica de unos vecinos que trabajaba en el Servicio Penitenciario advirtió que había visto al abogado en la cárcel de San Martín.

Legalización y traslados. Los pedidos de su mujer, tanto al Colegio de Abogados como a conocidos y amigos influyentes, hicieron el resto: la legalización como preso de aquel que estaba desaparecido.

Gerchunoff permaneció cinco años en prisión en las cárceles de Caseros y Sierra Chica. Ya no era joven. Nunca narró a sus hijos los tormentos del encierro. Pero ellos saben que los traslados fueron la parte más dramática, por la incerteza, porque viajaban tirados sobre el piso, les caminaban arriba, porque muchos vieron cómo sus compañeros fueron arrojados al mar desde los aviones.

Recuerdan el peregrinar por las cárceles, la sufrida visita a Sierra Chica que consumía dos días de viaje, el frío y el maltrato de la espera, las mujeres obligadas a desnudarse si vestían pantalones. Las cartitas, escritas en papel higiénico, a instancias de la madre antes de salir. La relación con los presos comunes a los que pagaban cinco pesos para que las cartas llegaran al padre. Las visitas en las que estaban prohibidas las manifestaciones de afecto. Los hermanos “Gerchu” tampoco se quejan. Evocan más las risas que los sufrimientos.

“Nos salvó el humor”, reflexiona Ana, quien evoca hasta una fiesta dentro de la prisión organizada por los presos comunes “Con sandwich y gaseosas”. Pero su evocación mayor es para las hermanas que viven en Israel. Sobre todo el papel que jugó Beatriz, la mayor, quien ofició de madre a una edad en la que se estrenan los amores.

Con el padre preso y la madre enferma, el despojo mantuvo a los hermanos unidos y, tal como sucedió con tantas familias, ellos recibieron ayuda de aquellos de quienes menos se podía esperar: los vecinos que, en las antípodas ideológicas de sus padres, sin embargo se hicieron cargo de sus necesidades. Destacan antes esa solidaridad que la maldad de los que se aprovecharon del infortunio de la familia.

Hablan menos de la mudanza forzada que los obligó a dejar desde los muebles hasta el perro, los embargos judiciales, la casa mal vendida, la debacle económica. En cambio, rememoran y agradecen a esos buenos vecinos que se hicieron cargo durante un año de Roberto, el mayor, a las Monjas Azules que dejaron de cobrar las cuotas del colegio, al almacenero del barrio Ciudadela, don Hugo, quien les siguió dando la comida.

Hoy, aunque sospechen que alguien pagaba la cuenta del almacén, ríen como niños al recordar la travesura de infancia de incluir en la lista del pedido una extravagancia, “el Nesquik” en lugar del más vulgar “Toddy”.

Mencionan a cada una de las personas que les ayudaron, cuyos nombres protejo porque no fueron consultados. Vale la solidaridad magnificada por los tiempos de terror: “En un tiempo en el que las personas podían ser presas o muertas sólo por estar en una agenda, ellos nos ayudaron”. Todos vecinos de ese barrio con calles con nombres de médicos, poblado por los que fundaron el Hospital Privado tras las purgas universitarias de la década de 1950. El barrio al que regresó el abogado Gerchunoff cuando salió de la prisión en 1981.

Aun cuando sus vecinos lo recibieron con respeto y cariño, los hijos recuerdan la dureza de ese retorno: “Encontró una familia destruida, su mujer enferma, la casa mal vendida, el estudio de abogados desquiciado”. Pero este militante comunista que luchó contra el fascismo, para quien El Partido era sagrado, recibió otro golpe del que nunca se recuperó: su ida a la entonces Unión Soviética. “Volvió demolido”, recuerdan los tres.

Sin embargo, de la misma forma que evitó a los hijos los relatos de sus tormentos, tampoco dijo una palabra de esa frustración.

El regreso. Como el azar es el mejor pretexto para la sinrazón, los hermanos Gerchunoff, que nunca antes habían regresado a su hogar de Parque Vélez Sársfield, volvieron de la mano de los actuales habitantes de la casa, quienes la arrendaron sin saber los secretos que guardaba. Eso lo supieron después. La coincidencia juntó en el mismo lugar de trabajo a la inquilina actual con Ana, uno de los cinco hijos de la arquitecta que la construyó.

A medida que el tiempo se interpone entre el miedo y la libertad, la verdad se cuela por las esquinas. Y el barrio fue liberando lo que guardaba como secreto: en la casa de la calle Corro hay libros escondidos.

Los nuevos habitantes, lejos de desentenderse, ofrecieron la casa para que los Gerchunoff recuperaran el tesoro abandonado. Dos albañiles cambiaron el descanso del último sábado de marzo y los tres hermanos que días antes habían regresado solos, sin testigos, esta vez llevaron a sus respectivas familias.

Como en una ceremonia, sin una liturgia aprendida a no ser el silencio interrumpido por el golpe del piquete, con la inquietud y la contrición de los nuevos creyentes, permanecieron ansiosos ante ese boquete que en lo alto se iba abriendo en la pared.

Uno de los adolescentes metió en el hueco su cuerpo ágil y delgado y, sin entender demasiado lo que ese descubrimiento revelaba, enarboló el primer libro que tomó al azar y mostró triunfante al grupo que, abajo, esperaba ansioso: La plusvalía, de Karl Marx, una de las obras fundamentales de su teoría política.

Intactos, levemente amarilleados por el tiempo, fueron apareciendo las obras completas de Marx, de Engels, de Gramsci, las revistas de economía política de la época, en su mayoría vinculadas al Partido Comunista. Pero ahí también permanecieron guardados los cuadernos infantiles, un libro de latín del Monserrat, las Memorias del General Paz, cartas, y hasta una invitación a un cumpleaños, como si todo hubiera sido guardado de apuro. Y algunas pequeñas joyas literarias como Las odas a la mariposa y a La pantera negra, escritas por Neruda en Totoral, en la legendaria estancia de Rodolfo Aráoz Alfaro, frecuentada también por Gerchunoff, como lo prueba la dedicatoria de Neruda en el ejemplar 44 de una edición limitada, impresa en Jesús María en la imprenta de Canini, en febrero de 1956.

En las paredes, las marcas del tiznado de una vela, como si hubieran trabajado de noche.

Los libros se fueron apilando sobre una cama y los hermanos que regresaron más a la casa para reconocer aquel tiempo en el que fueron familia, fueron desprevenidos, al punto que aquella noche cada uno regresó a su casa con una carga extra dentro del baúl del auto: los libros.


Salomón Gerchunoff, quien fue, junto a su familia; socio activo de ACIC.

Despojados.
Con enorme generosidad, cada uno de los hermanos me fue entregando las piezas para armar este relato. Ana, que ahora por primera vez se permite llorar y evoca todo el tiempo a las hermanas que residen en Israel; Luis, el más risueño; Roberto, el que como mayor inicia el relato y también el que con pudor confirma que la verdadera intimidad es el dolor.

Teme que la narración personal de los hermanos desplace la verdadera historia que haga justicia al padre, al que recuerdan vital, sencillo, admirador de San Martín, de Marx y del general Paz, que nunca hizo de su lucha una epopeya heroica. “Un verdadero gaucho judío”. Sin embargo, la dimensión humana del abogado se agiganta tras ese descubrimiento, como si con la biblioteca apareciera el coraje de la pareja, pero también el legado de esperanza, porque se conserva lo que se destina para otros.

Ellos adjudican más a la madre arquitecta la idea de guardar los libros, ya que la casa estaba en obras en aquel marzo de 1976. Poco importa. En un país que vivió tiempos de oscuridad ellos, que se tornaron profesionales a pesar de las dificultades, son una metáfora aleccionadora sobre lo que nos sucedió: una casa despojada que no terminamos de recuperar, libros que ya no son peligrosos porque fueron mercantilizados, una orfandad de los que quedamos sin padres pero ya no admitimos tutelas. Ojalá, el destino de nuestro país sea como las vidas de esos seres honestos, solidarios, esa buena gente que son los hermanos Gerchunoff, despojados, sí, pero de resentimientos.

La Voz del Interior | Domingo 1 de junio de 2008
Edición impresa | Suplemento Temas | Nota
La historia de una casa, una niña y la orfandad

Add comment 6 Junio , 2008

Ideas incineradas

En tanto en Córdoba las personas desaparecen, secuestradas en la oscuridad, detenidas en clandestinidad, los libros se queman ante la luz pública, frente a las cámaras de la televisión y con total justificación: “Se incinera esta documentación perniciosa que afecta al intelecto y a nuestra manera de ser cristiana –dice el comunicado oficial–, a fin de que no pueda seguir engañando a la juventud sobre nuestro más tradicional acervo espiritual: ‘Dios, Patria y Hogar’”.

Aquel día, el 29 de abril de 1976, una pila de libros arde en el Regimiento de Infantería Aerotransportada de La Calera.

Se queman las novelas de Gabriel García Márquez, los poemas de Pablo Neruda, las investigaciones de Osvaldo Bayer. Como una cínica burla, bautizan con el nombre “Operación Claridad” al operativo que se monta desde el Ministerio de Educación y Cultura para ir a la caza de los intelectuales, a los que se ve como soberbios y peligrosos, porque se jactan y ponen en duda las mentiras oficiales.

Desaparecen artistas, docentes, alumnos, y los despidos masivos oscurecen la Universidad Nacional. Como en la premonitoria película de Truffaut, Fahrenheit 451, muchos cordobeses se anticipan a los bomberos culturales y son ellos mismos los que queman o entierran los libros. El matrimonio Gerchunoff no se refugió en el bosque como el “hombre libro” de la película, que para evitar que la palabra escrita desaparezca bajo el fuego inquisidor memoriza un libro inmortal.

Ellos simplemente esconden, empotran la biblioteca, confiados en que alguien los encontrará.

Publicado en La Voz del Interior
Domingo 1 de junio de 2008
Edición impresa | Suplemento Temas | Nota

Add comment 6 Junio , 2008

Tiempos de oscuridad

Norma Morandini
Periodista

Confluye en mí la cronista que desde el Juicio a las Juntas Militares, en el inicio de la democratización, debió reconstruir ese tiempo dramático de la Argentina, cuando una muerte se vengaba con otro cadáver. El terror encerró a las buenas gentes dentro de sí mismas, incapaces ya no sólo de mirar qué sucedía sino de escuchar lo que por lo bajo se decía.

Fueron ocho meses en los que aparecieron de manera descarnada la descripción de las torturas, la modalidad de los secuestros. Y en un país en el que todo había sido oculto, aquellas descripciones parecían la luz de un reflector. Sin embargo, como la sociedad todavía llevaba el miedo adherido a la piel y no todos estaban dispuestos a oír, el tiempo reveló que aquello era apenas la luz de una vela.

Hoy ya lo sabemos: para dominar al pasado, no alcanza con la sola exposición de las tragedias personales. Pero, como dice Hanna Arendt: un buen punto de partida es querer saber qué sucedió, soportar ese conocimiento y aguardar para ver lo que resulta de ese conocimiento y de esa capacidad para tolerarlo.

Como mi vida personal se diluye también en la tragedia colectiva, a fuerza de narrar para narrarme, aprendí que la relación con el pasado es íntima, personal y cambia de una persona a otra. Pocas cosas revelan más que la forma como se recuerda u olvida.

El día que junté en una misma entrevista a Pablo Díaz, el sobreviviente de la matanza en La Plata de “La noche de los lápices”, con Jack Fuks, un sobreviviente de Auschwitz, intuí que en cuanto el joven necesita olvidar para poder vivir, el viejo busca evocar para no morir. En cambio, demoré mucho en entender que para que las penas sean soportables, debemos ponerlas en una historia o hacer una historia sobre ellas, como escribió Karen Blixen.

Sin embargo, para recrear como ficción la verdad de esa tragedia colectiva que fue la dictadura, hace falta tiempo. Y aun cuando ya casi nadie en nuestro país puede decir “esto no pasó”, deberá transcurrir más tiempo para que desaparezcan tanto la ira como el temor.

Serán entonces las nuevas generaciones, educadas en libertad, las que podrán corregir nuestros errores. Siempre y cuando no nieguen el pasado y sean capaces de la emoción con la que hacemos propio el dolor ajeno. La historia, más tarde, reinterpretará. Surgirán las versiones y los hechos se verán a la luz de lo que llamamos espíritu de época, las modas del pensamiento. El pasado adaptado a los problemas del presente.

Es probable que los mejores relatos no vengan de la historia sino de la literatura o el cine, que bajo la forma de una ficción podrán develar la verdad interior de lo que sucedió. Por ahora, seguimos teniendo dolor y perplejidad y dependemos de los testimonios personales. Porque, como dijo Primo Levi sobre los campos nazis, “si comprender es imposible, conocer es necesario”.

Con el tiempo, también, deberemos decidir qué queremos hacer con lo que nos pasó. Pero ésa es otra historia.

Publicado en la Voz del Interior
Edición impresa | Suplemento Temas | Nota

Add comment 5 Junio , 2008

Mesa de Opiniones: Bolivia en emergencia

Día: jueves 5 de junio 2008
Hora: 20:30hs
Lugar: Sede ACIC. Av. Maipú 350

Oradores:

Franz Enrique Prieto Terán.
Abogado. Presidente del Centro de Residentes Bolivianos de Córdoba. Miembro de la Asociación de Abogados Indígenas. Integrante del Movimiento Campesino de Bases (Bolivia).
Sergio Carreras.
Escritor y Periodista. La Voz del Interior y Radio Nacional. Programa: “Aves de prensa”

Proyección:

Documental “DEMOCRACIA A PALOS”



Sobre la represión al movimiento campesino en Cochabamba el 11 de enero del año 2007 por parte de Los Jovenes por la Democracia, grupo fascista del Prefecto Reyes Villa.
Editado por Radio Popular LACHIWANA de Cochabamba, Bolivia. (Duración: 40 minutos)

Add comment 3 Junio , 2008

Adhesiones a la postulación de Abuelas de Plaza de Mayo al premio Nobel

Se informa que el mail nobelabuelas@gmail.com fue abierto para recibir las adhesiones a la postulación de Abuelas de Plaza de Mayo al premio Nobel de la Paz. Se invita a todos aquellos que quieran adherir a enviar los mails a dicha dirección.

Add comment 3 Junio , 2008


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