Reunión del Consejo Central del ICUF, en Mendoza, Junio de 2009
26 Junio , 2009
Hola compañeras y compañeros: siempre es muy grato volver a encontrarnos; no solo por lo que significa desde el punto de vista institucional –con todas las posibilidades que ello abre-, sino también desde una perspectiva interpersonal. En estos espacios hemos construido relaciones que van mas allá de lo movimientístico y que trascienden al siempre placentero plano de lo propio y lo subjetivo. Celebro entonces de que dispongamos de esta bella oportunidad. Agradecemos a los compañeros mendocinos el recibirnos en su Casa y a todos los presentes les damos una calurosa bienvenida.
Hacemos este encuentro a pocos días de conmemorarse el Día de la Bandera. Para nosotros, esa fecha tiene gran significación, ya que recuerda a Manuel Belgrano. Recordamos que Belgrano no solo creó la bandera nacional; si hay alguien a quien puede designarse como el verdadero “Padre de la Patria” –sin desestimar al general San Martín- es justamente a Belgrano: un civil puesto a militar cuya mirada del futuro del país, su noción del desarrollo de la Patria atestiguan lo avanzado de sus concepciones. Sea este nuestro homenaje. Nos reunimos también a pocos días de haberse cumplido 40 años del Cordobazo, uno de los hechos mas significativos de nuestra historia contemporánea: vaya aquí nuestro saludo a ACIC, reconocido por un amplio espectro cordobés de aquellos días como un espacio donde se respiraba libertad; y también a las decenas de compañeros de esa Institución que fueron activos participes de aquel evento tan revelador para todos. También se conmemoró el Día del Periodista, noble labor bastardeada por la tinellizacion del país y el control sobre la agenda nacional a cargo de los grandes grupos periodístico – empresariales como Clarín o La Nación; saludamos en la figura del compañero Jorge Lewit a aquellos que –como Sarmiento- luchan con la pluma y la palabra. El 13 también celebramos el Día del Escritor: saludamos a la compañera Leonor Sclar. No vamos a abundar sobre la alta valoración que tenemos sobre la función y el trabajo de los escritores, por lo que no abundaremos.
Por último mañana cumpliría 81 años Ernesto Guevara, el Che. Mucho mas allá de las adhesiones o rechazos que pueda generar su acción política e ideológica, negar su estatura como ser humano cabal, íntegro e inclusive como político sería necio; olvidar todo lo que aportó y lo que representó para varias generaciones de americanos y de jóvenes en general, sería un absurdo. Para los que cuando cayó en combate teníamos apenas 13-14 años, su imagen romántica impregnó nuestras vidas, aunque no hayamos compartido –por temor, por conciencia, por desidia- su manera de enfrentar a los poderosos, a los privilegiados, a los dueños de vidas y haciendas. Rescatemos su estatura humana, su entrega por los ideales mas bellos –la justicia, la verdad, la soberanía- y hagamos nuestras sus palabras de aquel 25 de mayo de 1962, cuando en su ya célebre “Mensaje a los argentinos” dijo algo así como “… que fácil sería todo si supiéramos unirnos”. Esa lección es de por si sola lo suficientemente valiosa como para despojarnos de cualquier egoísmo o pequeñez para encarar nuestras responsabilidades cívicas de otra manera.
Este año se cumplieron 150 años del nacimiento del gran Scholem Aleijem. Un texto adjunto a este documento nos puede servir para difundir su ideario popular, democrático y revolucionario (anexo 1)
No nos veíamos en forma colectiva desde la realización de nuestro último Congreso, lo cual acotó la posibilidad de intercambio, que siempre es fructífero, mas allá de las diferencias o de los distintos enfoques que podamos tener sobre tal o cual aspecto. El hecho de disponer de esta herramienta tan eficaz y potente como los es Internet distancia nuestros encuentros personales, pero los multiplica de otra manera, a través del ciberespacio y el contacto “epistolar”. Ustedes habrán recibido en todo este periodo una gran cantidad de documentos, comunicados de prensa y otros materiales que reflejan nuestras opiniones; este tipo de contacto nos ha permitido socializar algunos pareceres y tratar los temas mas diversos. Los materiales enviados consideraron una gran variedad de temas, tales como el intervencionismo norteamericano en America Latina, solidaridad a raíz de violaciones a las libertades cívicas en America, derechos humanos, antisemitismo, la guerra en Medio Oriente, las elecciones en Israel, los atentados contra AMIA y la Embajada de Israel, adhesión y solicitud de participación en la Marcha “El hambre es un crimen”, denuncia del intento de legalizar el partido neonazi de Biondini, rechazo a los dichos del Papa y del obispo lefevbrista Willamson sobre la negación del Holocausto y aprobación de la detención de neonazis en el cementerio de Chacarita en homenaje al Graf Spee; asimismo se enviaron numerosas notas al INADI –a niveles local y nacional- ante sucesos que entendíamos se debía intervenir. Todo esto sin contar aquellos comunicados informando sobre nuestra vida institucional y las relaciones establecidas hacia el interior de la colectividad con la constitución del Polo Progresista.
Sin embargo, entiendo que sería muy apasionante y deseable –y creo que es posible- que para enriquecer y potenciar nuestro corpus ideológico y reducir el margen de error, deberíamos tener mas opiniones, ser mas críticos y menos permisivos, sumar mas información y razonamientos, de modo que las resoluciones que tomemos tengan un carácter mas colectivo en cuanto a su proceso de debate y construcción. Está claro que nosotros integramos un movimiento, lo cual nos habilita a tenar una gama amplia de ideas, siempre y cuando estén dentro de un espectro de creencias y pensamientos mas o menos homogéneos.
Internet también nos ha permitido hacer mas regulares y fluidos nuestros contactos con los compañeros y amigos que tenemos en Brasil, Uruguay, Israel, Cuba, Venezuela; a la vez, tenemos noticias de México, Chile, Francia, EEUU, todo lo cual nos posibilita ir teniendo opiniones mas amplias, mas correctas, con apreciaciones mas integrales de lo que sucede. Internet nos ha dado la posibilidad de llegar a pequeñas comunidades del interior de nuestro país, haciéndoles conocer nuestro pensamiento en forma mas directa, y en algunos casos, nuestra solidaridad ante hechos de carácter antisemita. Aunque no tenemos una vinculación formal y estrecha, mantenemos algún tipo de trato y acercamiento a instituciones de San Cristóbal, Moisés Ville y Rafaela (en Santa Fe), Villaguay, Paraná y Concordia (en Entre Ríos), Bariloche y últimamente con una entidad recientemente constituida que se llama Asociación Israelita de las Pampas, que reúne instituciones del interior de la provincia de Buenos Aires, de Corrientes, La Pampa, Misiones, Chaco, Río Negro y Entre Ríos. En fin, esto nos muestra que estamos trabajando hacia el interior de nuestra colectividad, no solo en la Capital o donde tenemos instituciones, sino con otras entidades que piensan diferente (o no) a nosotros, pero que –de alguna manera- escuchan también nuestra palabra, y no lo hacen por medio de intermediaciones que pueden tergiversar nuestro mensaje, sino en forma directa. Es verdad que mucho nos complacería poder vernos cara a cara con todos ellos, pero es un paso que hemos dado y es otra manera mas de romper el aislamiento y la soledad a los que nos quiere someter la DAIA y el establishment de la colectividad.
En ese sentido debemos decir que nuestro movimiento tiene sus vaivenes. En algunos aspectos hemos avanzado y en otros no. Nos enfrentamos a una situación complicada en la cual vemos que la masa crítica de activista sigue siendo reducida en función de los objetivos que nos planteamos. Vemos que el volumen de actividades que realizamos es muy importante, e incluso, superior a lo que nuestros brazos dan. Una preocupación que tenemos es que los cuadros dirigentes, en muchas instituciones, tienen poca renovación e incluso en algunas, no están directamente. Así, hay una situación difícil en Rosario, donde los compañeros que están en la conducción institucional, sienten la presión de carecer de un recambio generacional genuino de dirigentes, compenetrados con los objetivos institucionales. Hemos realizado varias visitas a la institución, tratando de aportar para encontrar un camino que les ayude a continuar; todavía no hay suficiente claridad en lo posible a realizar.
Esta difusión de materiales por Internet también nos ha valido que recibamos opiniones de las mas perturbadas así como de lo mas interesantes. La reciente guerra de Medio Oriente nos valió –igual que como sucedió en la anterior guerra de Israel en el Líbano- que nos insultaran de arriba abajo sectores y personas de lo mas disímiles: sionistas por considerar que somos antisemitas, izquierdistas del color mas diverso (judíos y no judíos) por ser blandos y pro-israelíes; derechistas por ser izquierdistas y alguna que otra persona de origen árabe por ser pro-sionistas. En fin… por suerte, en medio de ese pandemónium también recibimos algunas observaciones interesantes como asimismo algunas adhesiones, lo cual no deja de ser significativo considerando la escasa o nula penetración que tenemos a través de los canales formales de los medios de difusión.
El mundo cambia. Cambiemos el mundo
Vamos a empezar dando algunas opiniones sobre nuestra Casa común, el planeta Tierra. Asistimos a una crisis fenomenal, muy grave y muy profunda. Dicen los que saben que es mas delicada, compleja, de larga duración y espinosa que la del 1930. Está claro que lo que viene colapsando es un modelo de desarrollo y de acumulación; así como 1989-91 estalló el sistema socialista, lo que hoy se derrumba es el sistema capitalista. Lo que explota no es solo un modelo; es un sistema; si el capitalismo consume mas de lo que produce, si se saquean los recursos naturales, si se destruye sistemáticamente el medio ambienta, si se excluye mas y mas a millones de personas de los circuitos formales de producción (y otros), si se condena a la marginalidad a gran parte del género humano, de lo que estamos hablando es de una verdadera crisis civilizatoria que nos pone en riesgo a todos. Esto no quiere decir que mañana se producirán las transformaciones sociales de fondo; significa que la inviabilidad del capitalismo y las utopías del fin de la historia están a la vista.
Queda bien claro que la voluntad de la dirigencia de los países centrales no está en resolver el drama de los millones de afectados, sino en salvar al sistema: miles y miles de millones de dólares inyectados fueron a la red financiera y no a resolver el drama de los sectores populares.
El problema pasa por asumir que el carácter de la crisis no se reduce a una cuestión de ciclo económico; tampoco es una crisis financiera, comercial o económica. Es una crisis sistémica del capitalismo y por lo tanto requiere se habilite un debate más allá de una lógica de superación del momento crítico que pretende agotarse en la recreación de las condiciones para la acumulación y la dominación del capital sobre el trabajo y el conjunto de la naturaleza. Entonces, la resolución no es burocrática, no es técnica, sino que es eminentemente política.
Por ejemplo, el tema del agua dulce. Dice la especialista Ofelia Tujschneider de la Facultad de Ciencias Hídricas de la UNL: “Hay dos cuestiones fundamentales que tenemos que tener en cuenta. Una de ellas es la existencia del agua dulce como elemento vital e imprescindible para el desarrollo de la vida y entre este desarrollo nosotros, los seres humanos. Y el contexto económico y social que hace que algunos hermanos nuestros no tengan acceso al agua. Este es un problema político porque hay que invertir en estudiar bien cual es la cantidad de recurso que tengo y como lo voy a administrar”. Mas claro, imposible
Las secuelas de esta crisis ya se empiezan a sentir. En Europa aumentan los índices de desocupación y aparece la recesión, lo que seguramente repercutirá sobre lo socio-cultural con expresiones xenófobas. En nuestros países de la America morena, hay una caída del precio de los commodities (llámese petróleo o soja, en general bienes de bajo valor agregado que se producen en grandes cantidades pues son de bajo precio); es el caso nuestras economías poco desarrolladas, donde casi todas las exportaciones son de bajo valor agregado, teniendo como contrapartida importaciones de productos con alto valor agregado (incluso fabricados a partir de nuestras propias exportaciones). Como la mayor parte de los ingresos genuinos al país provienen de la venta de estos productos, cuando el precio está por las nubes (como hasta hace poco la soja) todo era una fiesta y la pelea en las esferas del poder era quien se quedaba con la porción mas grande de esa torta (por ejemplo, el conflicto rural del 2008 en que los propietarios y empresarios rurales se negaron rotundamente a resignar algo de sus super-ganancias en pos de una levísima redistribución un poco mas justa de la riqueza).
Ahora los precios volvieron a valores normales, con el adicional de la crisis mundial que hace que el comercio internacional disminuya, a menos que se definan las áreas económicas donde podemos ser competitivos mundialmente, y se pongan todas nuestras energías en agregarle el máximo valor a las exportaciones. La economía capitalista, con el motor formidable de la codicia ha sido hasta ahora el modo de recorrer el camino, pero esa codicia es la que intoxica las economías reales; y si no, preguntemos en EEUU lo que ha sucedido. Después de asegurar la producción deberíamos comenzar a pelear por la distribución de las porciones.
En este contexto nuestras reservas disminuyen, con lo cual se achican nuestros mercados internos con situaciones como las que ye estamos viviendo en los sectores populares: baja de sueldos, reducciones horarias, cuestionamiento a los reclamos salariales, vacaciones adelantadas, suspensiones, mas flexibilización y precarización laboral, cesantías.
Y si en Europa han avanzado los gobiernos conservadores y la crisis capitalista hace estragos, si los nuevos socios otanianos y paneuropeos se debaten en medio de coyunturas casi catastróficas cuando creyeron haber llegado al Paraíso, en America Latina los vientos son otros. Día a día se suman nuevos países a proyectos político, económicos, sociales y culturales reñidos con el capitalismo; el arco iris es variopinto, pero el panorama es muy diferente a los que sucedía hace una década nomás. Paraguay, Bolivia, Ecuador, Brasil, Chile, Uruguay, Nicaragua, El Salvador, Venezuela, Cuba son experiencias que transitan por diversos caminos, pero que tienen en común el haber emprendido reformas y acciones de carácter nacional, antiimperialista y a favor del desarrollo de sus pueblos, volcando gran parte de sus rentas fiscales a políticas sociales. Incluso alguno de ellos –caso Ecuador- ha repudiado gran parte de su deuda externa por entenderla a la misma fraudulenta, corrupta y falsa. Vaya nuestra solidaridad con ellos y sus novedosos ensayos.
Esa perspectiva nos indica que es posible circular por otros carriles, que no indefectible que haya que someterse a la voluntad de los “organismos multilaterales financieros”, sino que hay no solo otras miradas, sino también otros recorridos por hacer. Una pregunta: ¿si otros pueblos y países pudieron y pueden, por que no nosotros también?
Ser progresistas
Cuando íbamos a realizar esta reunión en mayo, había pensado hacer una descripción de lo que se venia discutiendo acerca de las orientaciones y acciones de los diversos actores políticos de ese momento. Pero finalmente opté por otro camino. Dos discusiones cibernéticas hicieron que repensara la intervención: una de ellas con un amigo israelí, miembro de Fuerza Latina; la otra con la escritora Elsa Drucaroff, a las que se suman otras 2 con amigos como el politólogo y docente universitario Néstor Kohan y el abogado defensor de los DDHH Sergio Smetiansky. Las mismas versaban alrededor de mas o menos lo mismo: la orientación y definiciones políticas de nuestro movimiento. Ahora entones, lo que pretendo es estimular, provocar, un debate serio sobre cuál debe ser nuestra contribución a la tarea permanente de creación y desarrollo de un pensamiento y acción política progresista.
La definición, en principio, era (y es) muy simple: somos progresistas. Ahora bien, resulta que la dinámica de los acontecimientos y el desarrollo social han hecho que ese concepto, hasta hace poco tiempo, patrimonio de algunos sectores de la sociedad y poseedores de una determinada cultura política, se ha bastardeado de tal manera por su uso y abuso y vaciado de su real contenido por su apropiación por gente de lo mas impensada, que entendí que debíamos re-trabajarlo. Hoy muchos se catalogan a si mismos de progresistas, cuando en realidad reivindican posturas carentes de densidad o directamente conservadoras; al no ser abiertamente reaccionarias, se adjudican la categoría de progresistas.
Y esto no es para un regocijo o ejercicio intelectual, sino como herramienta de trabajo que nos permita ubicarnos mejor en medio de este verdadero pandemónium que genera confusiones y mas confusiones, donde se mezclan tirios y troyanos, donde es cada vez mas difícil y complicado ubicar con claridad una política a seguir y desarrollar, el marco de las alianzas y acuerdos, los amigos y así de seguido, especialmente en este momento pre-electoral en que nos encontramos.
¿Qué significa o, más bien, qué puede significar ser progresista hoy? La cuestión no es fácil, máxime cuando los tópicos abundan, y cuando se tiende identificar el progresismo con corrientes política o, lo que es peor, con un partido político determinado.
El progreso es, sin lugar a duda, una de las nociones clave para comprender la evolución intelectual de Occidente. Aunque con precedentes, la gran “explosión” de la idea de progreso se produjo con la Ilustración. Las Luces plantearon de forma directa el problema de que los seres humanos, si realmente querían serlo, debíamos ser los únicos árbitros y jueces de la Historia. Ni el pasado, ni las tradiciones, ni las autoridades supra-seculares podían erigirse en intérpretes auténticas del destino de la Humanidad: sólo los seres humanos, que ante todo es razón construimos nuestra autoconciencia, y por tanto el devenir histórico. Sólo los seres humanos somos sujetos y responsables de la Historia, y por tanto, para vivir humanamente, debe mirarse a sí mismo, a sus posibilidades, ansias y capacidades.
En nuestro tiempo, la Humanidad necesita una conciencia crítica del progreso. No basta con soñar; no basta con imaginar; no basta con crear. El progreso debe ir acompañado de una verdadera reflexión, de una crítica que abarque todos los campos de la acción humana y que tenga como centro al propio hombre, y el objetivo constante de desalineación de todo dominio que cercene el libre ejercicio de la razón. Progreso es, entonces, sinónimo de actitud crítica, de construir el futuro con vistas a subsanar los errores del presente. Incluye la convicción de que el ser humano es, por sí mismo, capaz de superarse; de que es un ser en continua auto-constitución y de que la Historia es escenario de su acción, y por tanto, de sus posibilidades, pero no es el criterio principal para juzgar lo humano. No podemos mirar al pasado para buscar una solución a nuestros problemas. En el pasado encontraremos alguna pedagogía del tiempo, que siempre enseña, y testimonios de grandes mujeres y hombres que en su momento contribuyeron a hacer realidad la idea de progreso. Pero hoy, somos nosotros los únicos responsables de que la Humanidad se abra cada vez más a horizontes nuevos donde se logre una auténtica emancipación del ser humano, donde seamos capaces de reflexionar sin obstáculos y de ser hombres sin las barreras de la imposición ideológica o de la servidumbre socio-económica.
Habermas puso de relieve que al pensamiento, y, en última instancia, a la Humanidad en cuanto conjunto de seres libres que actúan en el mundo, sólo puede moverle el interés emancipatorio de la razón. Ser hombre, ser libre, ser hombre que progresa, no son más que afirmaciones del objetivo fundamental que marca Habermas: que seamos capaces de razonar de modo crítico sin dominios, sin imposiciones, sin fronteras. Sólo una simbiosis profunda de la teoría crítica, aplicada a todos los niveles, y de una perspectiva pluricultural que acabe de una vez por todas con una idea unívoca de progreso, puede contribuir a hacer realidad el progresismo como bandera de la acción social, política y cultural. Ser críticos con el presente y ser críticos con nosotros mismos y con nuestra cultura; aprender a relativizar lo que es relativo, y a absolutizar lo que realmente tenemos que suponer que es absoluto si queremos ser hombres que progresan: la dignidad humana, su libertad, su responsabilidad, su conciencia crítica. El centro del progresismo es el ser humano en cuanto capaz de superarse y de cambiarse; el ser humano no sujeto a lo dado, a las estructurales sociales, económicas o políticas que simplemente “están ahí” como hechos consumados, sino que analiza, critica, indaga en esas estructuras para ver qué es lo que tienen de ficticio y de mudable, con el criterio de la emancipación del hombre en todas sus dimensiones.
Ahora bien, ¿es compatible una teoría crítica y un pluralismo cultural con la suposición necesaria de que hay unos ideales firmes que todo el mundo debe compartir? Entiendo que ambas posiciones son perfectamente compatibles. La dignidad humana y lo que conlleva en el campo de la libertad de acción y de pensamiento son valores en sí mismos; no es posible ejercer crítica alguna o pedir tolerancia para otros universos culturales sin considerar esa cuestión. El pluriculturalismo no implica cerrazón cultural, como si las culturas estuviesen aisladas: el pluriculturalismo, si quiere sobrevivir racionalmente, debe convertirse en una afirmación tácita de que lo más definitorio de una cultura está tanto en sí misma como en su capacidad efectiva de intercambio con otras culturas. Las culturas no se constituyen solas, sino que se definen en interacción, en relación dinámica con otras culturas, aunque en ocasiones dicha relación haya sido de opresión y avasallamiento. Por tanto, el auténtico perspectivismo cultural, lejos de absolutizar una cultura determinada (y menos aún sus prácticas religiosas, éticas o sociales), absolutiza lo que es verdaderamente común a todas ellas y a todo ser humano: la interacción, la “relación”. ¿Qué conlleva esto? Obliga a buscar las condiciones de posibilidad que permiten dicho intercambio y hacen factible que el ser humano piense de modo crítico y reflexivo. ¿Cuáles son dichas condiciones de posibilidad? Ante todo, la dignidad humana, porque sin ser humano que exista no puede existir conciencia crítica. Del mismo modo, es necesario resaltar el valor único e inalienable de la libertad, expresión de la identidad del sujeto, de una libertad que es poseída por muchos sujetos, que es vivida socialmente. Y, finalmente, el supuesto de que todo ser humano tiene la capacidad y el derecho de progresar y de realizarse.
Si la idea de progreso ha entrado en una crisis profunda en nuestro tiempo, se debe, principalmente, a que el progreso se ha entendido de forma unilineal y eurocéntrica. De esta manera, más que servir a la emancipación de la Humanidad y de su razón crítica, se ha convertido en un arma contra la pluralidad y la legítima diversidad cultural. Sin embargo, un acercamiento más amplio al progreso como efectiva capacidad humana y, más aún, como derecho humano más allá de todo tabú del orden económico, moral, político o social que trate de absolutizar una determinada práctica cultural, olvidando que no es la única, permitirá recuperar esta valiosa idea, teniendo en cuenta que no sólo se progresa al modo occidental, sino que el progreso es una realidad que existe en muchos ámbitos culturales. El progreso es la superación del hombre por encima de lo no-humano, de lo que le impide ser persona libre, responsable y crítica. El progreso es la crítica del hombre hacia la Historia, la sociedad y el mundo con el objetivo de ampliar sus horizontes vitales. Y, de esta manera, el progreso sólo puede ser diálogo e intercambio: progreso conjunto. Serán progresistas aquellas fuerzas sociales, culturales, políticas y económicas que se esfuercen por mostrar que los órdenes establecidos no son definitivos y que, de hecho podemos cambiarlos sin con ello logramos una mayor autonomía y emancipación para la persona. Serán progresistas aquellas fuerzas sociales, culturales, políticas y económicas que comprendan que el progreso es progreso ínter-cultural. En suma: serán progresistas aquellas fuerzas sociales, culturales, políticas y económicas que contribuyan a desarrollar una conciencia crítica y pluricultural en todo ser humano.
Ser progresista es ir en contra de valores tradicionalistas y conservadores que perpetúan en el poder un sistema, un orden y su elite socio-económica, sobre todo cuando una gran mayoría marginada por ese sistema, orden y elite, necesita de cambios hacia una sociedad más solidaria y que mire el progreso general y no lo de unos pocos. Por eso los términos “izquierda” y “progresismo” generalmente tienen el mismo significado y son usados como sinónimos.
Estamos orgullosos por que hicimos y lo que hacemos, pero, al mismo tiempo, insatisfechos. En eso creo que debemos tener una conducta que no sea ni auto complaciente ni auto flagelante, sino que valore lo mas acertadamente posible lo que hacemos y lo que dejamos de hacer, ya sea por incapacidad, falta de voluntad, ausencia de creatividad, carencia de fuerza o lo que sea.
Nuestro país ha vivido en los últimos años grandes cambios. Esto exige que orientemos nuestra acción a partir de otro paradigma progresista. Sus ejes centrales deben considerar
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una nueva relación entre economía, política y ciudadanía;
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la lucha por construir una sociedad que promueva activamente el reconocimiento de todos, la equidad y la justicia social
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la valoración positiva de nuestra diversidad como riqueza de todos y base de una democracia basada en el respeto inclusivo de todos sin importar su condición.
Esta etapa diferente requiere de otro paradigma progresista que, si bien en sus especificidades será distinto a los anteriores, responderá a los mismos valores y principios que dieron origen a nuestro movimiento y que responde plenamente a la demanda de sus bases sociales.
Los principales ejes de este otro paradigma progresista serían que tenemos que poner en el lugar central la lucha por la equidad, la justicia social y el reconocimiento real de la esencial igualdad de los seres humanos, y debemos lograr pasar de la mera tolerancia de las diferencias a la valoración positiva de la diversidad como una riqueza para nuestra sociedad.
Estos ejes centrales definen nuestra identidad, fijan las prioridades de nuestras decisiones y se constituyan en la vara por la que aceptemos ser juzgados. No pueden ser sólo consigna ni orientaciones meramente deseables, sino que deben hacernos repensar nuestra concepción de nuestro actuar y de nuestro estilo de acción político, social y cultural.
La sociedad es hoy muy diferente de la que había hace algunos años. Hubo un significativo aumento en la diversidad social, que estamos recién aprendiendo a entender y apreciar. Cambió la naturaleza de los espacios públicos, disminuyó la sociabilidad natural y la asociatividad, creció un individualismo desmesurado y se afianzó el rol de los medios de comunicación y en ellos la importancia y creciente tendencia a la frivolización de lo público y de la política. Se crearon nuevas formas de sociabilidad, en especial en la juventud y surgieron otros nuevos actores sociales con incidencia en la vida cotidiana y la política, como los grupos ecologistas, de elección sexual, movimientos territoriales, organizaciones contraculturales y otros. La gente cambia más rápido que nosotros.
Argentina es hoy menos pobre que hace un lustro, menos argentinos son pobres y mas argentinos son menos pobres. Pero la distribución de esta mayor riqueza es aún una de las más desiguales del mundo, permanece estancada o muestra cambios muy marginales. Los mecanismos que fueron básicos para la movilidad social, que dio a nuestra clase media mayor bienestar y participación en el poder, ahora no parecen sino consolidar la estratificación vigente. Una buena medida del futuro socio económico de un pibe que nace es el ingreso y la escolaridad de su familia y el tipo de educación que podrá tener y costearle. Quizás más significativa que esta desigualdad económica es la profunda desigualdad social y cultural, que se manifiesta de mil maneras en la vida pública y en lo privado. La nuestra es una sociedad muy clasista y también bastante racista, y la desigual distribución del poder fortalece y regenera las demás desigualdades, hiriendo cada día la dignidad de los pobres y de los no poderosos. Es cierto que Argentina es hoy un poco más tolerante y ello es cada vez más lo políticamente correcto, pero no olvidemos que la mera tolerancia no es lo mismo que la aceptación real ni la valoración positiva de las diferencias.
Sin embargo, siendo ciertas estas sombras -que son tan parte de nuestro paisaje como sus luces- no deben llamarnos a desesperanza alguna. Muy por el contrario, hoy tenemos muchas más posibilidades de progreso y también mayores grados de libertad para enfrentar los cambios sociales necesarios. Hacerlos dependerá en alguna medida de nosotros, pero la mayor responsabilidad es de quienes asumimos los valores progresistas. De nosotros y sólo de nosotros depende nuestro futuro. Debemos en algún momento hacer un alto, evaluar con satisfacción y también con realismo nuestros logros y carencias, reconocer la nueva realidad argentina y, a partir de nuestros principios básicos, enjuiciar esa realidad y proponernos los cambios que queremos.
Mucha gente repite que las ideologías políticas no existen, que han sido reemplazadas por la ciencia o directamente borradas; que en los escenarios políticos actuales deben girar sólo en torno a las personas de los candidatos y su capacidad de ser gestores eficientes de las instituciones públicas.
En esto quisiera ser tan claro como sea posible y no dejar lugar a equívoco alguno: no es cierto que ya no exista derecha ni izquierda, que todos seamos iguales, aunque a algunos pareciera olvidárseles. No es cierto que dé lo mismo: basta preguntarse si Argentina sería hoy el mismo si Menem estaría en el gobierno y se hubiese logrado la re-reelección.
Los progresistas debemos tener y hacer políticas de principios. Estos principios básicos no están en crisis, aunque quieran hacernos creer que lo están. No los hemos olvidado ni han sido olvidados por nuestra gente, aunque no siempre hayan sido proclamados. Esos principios básicos separan en todo el mundo a progresistas y reaccionarios, a izquierda y derecha, a demócratas y a neoliberales, o cómo que se llamen a sí mismos o quieran designarlos otros. No es problema de etiquetas. Ser progresista hoy -desde ese punto de vista- no es muy diferente de serlo en otros tiempos. Cambian los escenarios, se superan algunos problemas y aparecen nuevos desafíos, pero el norte sigue donde siempre estuvo.
¿Qué es ser progresista, hoy y aquí? es una pregunta válida y necesaria. Ser progresista es reconocer que la sociedad y los sistemas que la componen no son realidades naturales y por lo tanto esencialmente inmutables, sino que son realidades sociales históricas, producto de la actividad del hombre y como tales, susceptibles de ser modificadas por la acción voluntaria de los grupos sociales. Bien entendida, la afirmación a veces hecha como crítica de que somos, en mayor o menor medida, “constructivistas sociales” es válida. Lo somos.
Ser progresista es creer que la ciencia y la técnica son indispensables para entender la naturaleza y la sociedad, y para actuar sobre ellas, pero no responden ni podrán nunca responder, por si mismas, la pregunta sobre los objetivos y prioridades de la sociedad humana. Por eso, ser progresista es no sólo creer en la necesidad inevitable de que exista la política, sino sobre todo asumirla como hermosa tarea de hombres libres, sin tratar de engañar a la gente con un supuesto apoliticismo, ni tratar de pasar sus muy personales opciones como contrabando dentro del conocimiento científico.
Ser progresista es orientar siempre la acción política desde valores éticos. Es no justificar jamás medios ilícitos apelando a fines deseables. Es no aplicar estándares éticos dobles o ambiguos de acción política, justificando en los partidarios lo que se critica en los adversarios.
Ser progresista es creer que actuamos en política para servir a otros, a todos por cierto, pero teniendo siempre claro que la democracia es el gobierno de las mayorías, con respeto a los derechos de la minoría…. y no al revés.
Ser progresista es hacer política para todo el pueblo y la Nación, pero con preocupación y dedicación preferente por los más humildes y menos poderosos. Es creer en la esencial igualdad y dignidad de los seres humanos, de todos los seres humanos.
Ser progresista no implica no ser voluntarista, esto es creer que bastan las buenas intenciones para modificar la realidad social; tampoco ser populista, buscando halagar a la gente con actitudes clientelísticas o medidas efectistas que, por no ser sustentables en el largo plazo, son pan para hoy y hambre para mañana.
Ser progresista no es, tampoco, ser tecnocrático, es decir creer que el rechazo al voluntarismo y al populismo pudiera lograrse con el reemplazo de la actividad política por el conocimiento técnico y su ejercicio burocrático. Ningún tecnocratismo, aunque se trate de justificar como ejercido en beneficio popular, puede ser progresista. En el mejor de los casos será un absolutismo ilustrado.
El progresismo no se define por la adscripción a determinados movimientos, partidos ni coaliciones. Se mide por los contenidos de su pensamiento y la consecuencia en su acción. Dadas las restricciones sufridas por la evolución política, nadie podría hoy tratar de identificar, en serio, el progresismo con algún partido, grupo de partidos, subpacto, ni otra forma institucional alguna. De todas ellas podría decirse, y se reconoce ampliamente, que no están todos los que son, ni son todos los que están en donde deberíamos estar. La contradicción –lamentablemente- no se plantea entre lo progresista y lo reaccionario, sino que aparece de manera muy mezclada donde sabemos que, dentro de un mismo movimiento u organización, coexisten sectores y grupos que nada tienen que ver entre sí y que incluso llegan a reivindicar tradiciones absolutamente opuestas.
El progresismo debe luchar por poner en el centro de la política el gran tema de la ciudadanía efectiva. Se trata de afirmar que existen, y lograr que se respeten, los derechos que las personas tienen, no por ser consumidores o productores, por pagar sus impuestos, ser usuarios o votantes, sino por ser ciudadanos. Pero los progresistas también tenemos que afirmar, y lograr que se cumplan, las obligaciones que son consustanciales a esa misma ciudadanía.
Otra cuestión es poner énfasis en la igualdad y la equidad Ser progresista es dar prioridad a la justicia social, buscando que en la realidad se reconozca, respete y refleje cada día más la esencial igualdad de los seres humanos. Con igual énfasis, afirmamos que esa igualdad esencial no se ha conseguido ni conseguirá jamás sacrificando la libertad -ni la propia ni la ajena- o fraternidad y el reconocimiento de lo que nos une como Nación. Obviamente, no estamos hablando aquí de un igualitarismo ramplón, que crea que es posible lograr la justicia redistribuyendo lo existente y sin preocuparse ni de la creación de riqueza ni de las causas de fondo de las desigualdades sociales. Estamos hablando, para comenzar, de una igualdad de derechos ciudadanos de todos, cuya expresión no sea sojuzgada ni distorsionada por el poder del dinero. Estamos hablando, de una más equitativa distribución hoy del beneficio del crecimiento al que todos aportamos, pero sobre todo de una mayor igualdad de oportunidades para que todo pibe pueda realizar su potencialidad sin estar condicionado desde la cuna hasta la tumba por su situación de origen. Estamos hablando también del igual respeto a nuestra esencial dignidad, al derecho a ser juzgado no por lo que tenemos sino por lo que somos, no por nuestro origen sino por nuestros actos.
Por último, el progresismo tiene que ver con la actitud de la sociedad (y la nuestra) hacia la diversidad y heterogeneidad que son acompañan todos los procesos de desarrollo, en especial los post industriales. En esta materia, es necesario reconocer que ha habido un importante aumento de la tolerancia, sin perjuicio de la subsistencia de sectores e instituciones en que los prejuicios están todavía hondamente arraigados. Sin perjuicio de la lucha por una mayor tolerancia a la diversidad, creo nuestra acción progresista debe ir un paso más allá. Siendo muy importante la tolerancia, ella tiende a ser el producto o bien de la resignación ante lo que no se puede ya impedir, lo que deja sembrado el terreno para el resurgimiento de la discriminación ante cualquier tensión social, o bien, de la indiferencia alimentada por la ignorancia del otro o su marginación en ghetos de variada índole. El progresismo debe luchar por el paso de la tolerancia a la valoración positiva de la diversidad social y grupal de la sociedad moderna, así como a la comprensión de que ella es un activo de la sociedad, fuente de innovación y adaptación a nuevas situaciones, es decir hacia el respeto y la convivencia.
El progresismo debe rechazar toda intolerancia, aún de quienes abriguen con buenas intenciones. Con iguales energías asimismo, jamás debemos -por acción u omisión- regalar o aparecer regalando a los conservadores, a la derecha, ni la historia nacional ni el verdadero patriotismo ni los símbolos, ya sean culturales, de colectividad o nacionales.
Ser progresista, es estar a escala internacional por la paz, por la prevalencia de los diálogos, el final de los hegemonismos y buscar la multilateralidad. Los que piensan que sólo podemos vivir si EE UU sigue mandando y metiendo la cuchara -o el tanque- en todas partes están en un error. La sociedad se puede organizar mucho mejor, y afortunadamente se está planteando que no haya un solo centro de poder.
Ser progresista supone la defensa del medio ambiente. Hay quienes dicen que esto es un cuento, que no pasa nada. Kioto tiene mucha importancia porque va a cambiar la forma de vida a través de una mayor eficiencia energética, un mejor uso de los recursos naturales, un mejor reparto de las cargas del gasto medioambiental… Si no lo hacemos, se resentirá la salud de muchos millones de personas.
En economía, ser progresista implica impugnar el sistema capitalista, ya que este se sostiene sobre la explotación de las personas, la expoliación de las riquezas, el lucro, el beneficio para unos pocos, la depredación del medio ambiente.
Ser progresista no se mide por el tamaño del Estado a que se aspira, sino por la fuerza que se le asigna para cumplir bien su propia tarea. No menos; tampoco más. Lo que sí es progresista es defender el derecho y el deber del Estado de cumplir aquellas tareas para las cuales no sólo es el más adecuado sino el único legítimo. Es propio del progresismo luchar para que el Estado garantice como un derecho a todos ciertos niveles mínimos de seguridad y protección sociales. Ese derecho no surge de su calidad de consumidores en una economía de mercado sino de ciudadanos de una sociedad democrática. Esos mínimos tienen que ver, especialmente, con el acceso garantizado a los servicios de salud, educación, vivienda y previsión social de alta calidad, mayor profundidad y extensión.
Estos mínimos sociales garantizados -así como todas las funciones del Estado- deben ser financiadas. Ninguna política progresista puede escabullir el bulto al tema tributario, ni pretendiendo que el problema no existe, ni tampoco pasándoselo a los “técnicos”. Ya es un lugar común que existe consenso entre economistas serios -así como de una mayoría de los políticos democráticos- sobre la importancia de lograr y mantener lo que se ha dado en llamar los equilibrios macroeconómicos. Así es y así debe ser. Entre dicho equilibrios, está en lugar destacado el equilibrio fiscal. Pero hay que ser claro: hay consenso en que el Estado debe mantener un equilibrio estructural entre sus ingresos y gastos. El Estado no puede gastar sistemáticamente más que lo que recibe. Si lo hace, más temprano que tarde tendrá que ajustarse como cualquiera, y eso es siempre doloroso y socialmente regresivo. En lo que no hay consenso es sobre cual debe ser el nivel al que deba producirse ese equilibrio. El Estado puede decidir ingresos y gastos en un rango bastante amplio y esta no es una decisión técnica sino política. El Estado puede aumentar el gasto y a la vez mantener el equilibrio, siempre que suba sus ingresos, o sea que suba los impuestos. En ese sentido, nosotros pensamos que deben ser los que mas tienen los que mas deben pagar, o sea tener una política impositiva que no se descargue sobre los sectores populares en impuestos sobre el consumo, particularmente sobre los artículos de primera necesidad como son alimentos, medicamentos, transporte, vestido, calzado y si hacia los bienes suntuarios; estamos convencidos que los impuestos deben dirigirse hacia las fortunas ociosas, hacia los que obtienen riquezas asombrosas aprovechándose de circunstancias particulares o extraordinarias. En ese sentido reivindicamos la capacidad de intervención del Estado en materia económica y de su capacidad reguladora ante los vaivenes del mercado; sabemos que la tan meneada libertad de oferta y demanda no es tal y que son los grupos concentrados y monopólicos los que termina determinando las condiciones.
La educación fue siempre uno de los más importantes mecanismos de movilidad social. La educación pública fue determinante en la creación, ascenso y consolidación de los grupos medios, los que durante el siglo pasado acceden también crecientemente al poder político. No es la situación actual; hoy día hay una enorme brecha entre la educación a que tenemos acceso la minoría más pudiente y aquella a la que acceden la mayoría de los argentinos. Las tremendas desigualdades sociales deben ser abordadas lo más cerca posible de su punto de origen y reproducción y el remedio o es precoz o será siempre tardío. En el estado actual de las neurociencias sabemos que el potencial de desarrollo de un ser humano se juega muy mayoritariamente en su primera infancia. Después se construye sobre esa base o hay que tratar de recuperar lo que no se hizo, pero siempre parcialmente y mucho mayor costo. Las mediciones hechas en educación básica demuestran que, al desglosarlas según si los alumnos habían tenido dos, uno o ningún año de educación inicial, se muestra una alta correlación entre escolaridad inicial y rendimiento en los niveles posteriores en las más básicas habilidades cognitivas, el manejo del lenguaje y del raciocinio lógico matemático, además de ventajas en desarrollo emocional, la integración social y menor deserción escolar. Nosotros tenemos una herramienta pequeña: nuestros Kinder Clubes; entiendo que a través de ellos debemos vincularnos mucho mas al resto del movimiento popular, como por ejemplo al Movimiento Nacional de los Chicos del Pueblo u otras instituciones de la sociedad civil en defensa de nuestra niñez. Trabajar por una ciudadanización efectiva, plena, integral y extensa es una premisa fundamental para el futuro de nuestro país, cosa que incluye la lucha contra la baja de la edad de la imputabilidad de los chicos hasta las condiciones de alimentación o escolaridad de los pibes.
En lo nacional, entiendo que debemos aportar seriamente hacia una institucionalidad plenamente democrática. Nuestro papel institucional como movimiento es aportar a esa tarea desde una perspectiva político, que ponga lo mejor de nosotros al servicio de los valores e ideales que representamos. Lo que nunca debemos ser es pasar a formar parte de una tecnocracia, ni una intelectualidad desapegada de las necesidades y urgencia de su pueblo. Nadie tiene derecho a decidir por la gente en cuestiones esenciales para la vida en común. Nadie; ni un grupo auto proclamado como su vanguardia, ni una paternalista minoría ilustrada. Hace tiempo reconquistamos la institucionalidad republicana; es momento de construir la democracia; trabajemos por más y mejor democracia, por mas y mejor sociedad, por más y mejor ciudadanía.
Argentina, mi país
Vamos a nuestro país. Está claro que el adelantamiento del calendario electoral al 28 de junio es una medida defensiva dada la crisis. Ante esta circunstancia creo que deberíamos tener un enfoque nacional único con variedad de expresiones en cada lugar o provincia. Al no existir un sistema de alianzas populares fuertes, se acrecienta la presión y se potencia la derecha, estimulada por la debilidad del gobierno, embarcado en un camino que no puede superar la valla neoliberal y que no impulsa vías profundas de desarrollo. Esta derecha busca nuevas formas de organización y actuación; tiene una pata peronista, una pata radical, una pata seudo progresista, con algunas pinceladas de preocupación social y adornos de izquierda; este nuevo partido de la derecha está definido por los medios de masas, los reclamos de seguridad y el conflicto de la Mesa de Enlace.
Ante esto, entiendo que debemos desarrollar una mirada estratégica y aportar –desde nuestra particularidad y desde nuestra pequeñez- a crear una alternativa política, asumiendo que en lo electoral no existe agrupamiento único, que es necesario superar el individualismo de las personalidades de izquierda y verdaderamente progresistas, y proporcionarnos de acuerdos programáticos para la construcción de unidad política de un arco que vaya desde la izquierda a la centroizquierda. Por eso, creo que será importante colaborar en lograr acuerdos con aquellas fuerzas que aspiren a construir una sociedad mas justa, en la que la distribución democrática de la riqueza sea uno de los pilares básicos, orientada a elevar la calidad de vida de los trabajadores activos y pasivos, y de todos los sectores populares. Nuestro compromiso sigue vigente para enfrentar a las fuerzas de la derecha que se van reagrupando detrás de eso nefastos personajes que se llaman Carlos Reutemann, Mauricio Macri, Felipe Solá u otros parecidos que le quieren dar una pátina de “respetabilidad” y “presentabilidad” a una derecha cavernícola y retrógrada.
Por otra parte, creo que se ataca al gobierno nacional mas por sus aspectos positivos o aciertos que por sus errores. En todo caso, su debilidad aun consiste en pretender conciliar lo que es irreconciliable y ser débil e inconsecuente a la hora de avanzar seriamente. La cuestión central de una verdadera distribución de la riqueza, de una distribución justa, democrática, digna sigue pendiente y lo seguirá en tanto no se decida a echar mano a los que tienen. Esa es la tarea a realizar.
Este gobierno es todo esto y mucho mas; es también policlasista, contradictorio, clientelista, pragmático, conciliador, con “amigos del poder” que hacen negocios. Por eso, no vamos a caer en la trampa de la moralina boba de Carrió: la corrupción es intrínseca al capitalismo y cuando está la reacción en el poder disimula sus negocios con leyes a su conveniencia; cuando no, algunos violan esas leyes y hacen sus buenos negocitos. Preguntémosle a Chávez, que sabe de esto, como también de la clase media de Caracas escandalizada moralmente, aunque, igual que la nuestra, evade impuestos con toda naturalidad.
Combatir lo bueno (“desgastando” como dijo lamentablemente Buzzi y creando u verdadero clima destituyente) puede significar que en vez de lograr lo mejor, sirvamos para que vuelva lo malo.
En la Argentina de hoy hay que luchar para profundizar este proceso, marcando críticas, proponiendo soluciones superadoras, empujando, pero no posesionándose del lado de enfrente, atacando y presionando para que fracase. Los que están del otro lado no son los sectores populares: son el poder concentrado en los grandes pulpos mediáticos, en el capital financiero, en los grandes exportadores de commodities… y el Tío Sam.
Por esta razón entiendo que debemos sumarnos a los que, desde la independencia de criterios, la autonomía de pensamiento y la libertad de acción, nos movilizamos exigiendo al Gobierno que profundice lo realizado y estreche su compromiso con lo popular, nacional y latinoamericano por resolver. Seguramente en algunas problemáticas coincidiremos, en otras estaremos en la oposición, en otras tendemos opinión propia.
Y estamos frente a una oportunidad como nunca tuvimos antes. Lo saben Fidel, Chávez, Evo, Correa y muchos otros y lo intuyen los pueblos. Quienes socaven este proceso –con planteos que desconocen la correlación de fuerzas existente asumen una grave responsabilidad si se frustra esta gran oportunidad para ir dando pasos hacia una América latina unida y soberana, marchando en el camino de una nueva sociedad para el siglo XXI.
Está claro que hay una distancia bastante larga entre los dichos y los hechos del gobierno nacional. Creo que a muchos de nosotros el panorama nacional nos conduce a una situación de ambigüedad, de cierta ambivalencia, tanto afectiva como político-ideológica. Por un lado, hay muchas cosas que no nos gustan o con las cuales no estamos de acuerdo. Pero por otra parte, miramos el escenario y al ver quiénes son los críticos mas duros del gobierno, empezamos a mirar las cosas de otro modo; cuando uno escucha a la conducción nacional de la UCR decir lo que dice sobre el proyecto de la nueva ley de servicios de comunicación audiovisual, o a Lilita Carrió sobre las retenciones y defendiendo a Pratt Gay (operador de la Banca Morgan),por no nombrar a Cobos y ni que hablar al tándem Macri / Solá / de Narváez sobre seguridad (sin hacer comentarios sobre las burradas de los Tinellis o Susana Gimenez), uno empieza ver que se reúne todo un espectro neoconservador –prolijo, educado, pulcro, bien peinado y con los zapatos lustrados – muy retrógrado, y que a través de la cadena nacional que son los medios de comunicación de masas enlazados desde Clarín y La Nación nos bajan una línea no solo de férrea oposición, sino de absoluta descalificación, creo que no se puede ser neutral. Y al tomar partido, desde una independencia ideológica y política, lo hace desde un sesgo progresista, de quien pretende –al menos- cambiar algo del orden imperante y de estar en alguna consonancia con los tiempos que transcurren en America Latina.
También es cierto que una cosa es el discurso político, otra la voluntad política y otra la decisión política. Hay una retórica excelente de parte del gobierno nacional, pero eso no se traduce en hechos concretos, en actos que estén en correspondencia con ese discurso. Desde proyectos utópicos que dan lugar a pensar en negociados (como fue el “tren bala”) a verdades a medias, desde promesas incumplidas (¿dónde están los hospitales, centros de salud, escuelas y rutas prometidas durante el enfrentamiento con el “campo”?) hasta quiebres de la confianza (INDEC, candidatos del conurbano, acuerdos frustrados con Rico) nos muestran la debilidad intrínseca de este gobierno, que no se anima (¿querrá?) a romper lanzas con el establishment y poner en serio al movimiento popular en movimiento. Sin embargo, es allí donde anida la posibilidad cierta de construir una alternativa política; es en ese espacio donde –contradictoriamente- nos podemos encontrar con otros que tienen mas o menos los mismos sueños y esperanzas que nosotros.
La integración latinoamericana puede ser mas realidad de lo que es; lo actuado hasta ahora es importante, pero se puede mas: el ALBA debe ser algo real, utilizando nuestras propias monedas en las transacciones bilaterales intra-firmantes; la concreción de acuerdos científicos, comunicacionales, económicos, monetarios, energéticos, laborales son alternativas a desarrollar.
Otra distribución de la riqueza implica no solo aumentos salariales y de jubilaciones y pensiones, sino un rediseño de las políticas impositivas, donde se reduzca la presión y regresividad sobre el consumo y lo progresivo en relación a la riqueza sea el signo; 2 ejemplos: reducir el IVA en los productos de la canasta familiar y desarrollar el criterio de que el que mas tiene mas pague; en este caso, de haberse aprobado la famosa resolución 125 el año pasado, según informa el médico sanitarista José Escudero, se hubiesen contado con recursos genuinos y mas abundantes para combatir esta epidemia de dengue. Redistribuir la riqueza es controlar el comercio exterior de granos, carnes y energía de manera que la renta de la tierra y del subsuelo no sean para la especulación financiera y elemento de poder de los grupos económicos; implica la diversificación de nuestra economía, abandonando el modelo soja-dependiente que no solo nos conduce al monocultivo, sino al envenenamiento de la tierra y de su gente por los agrotóxicos esparcidos por doquier (estudios recientes muestran –una vez mas- que los plaguicidas se propagan en forma ilimitada, contaminando todo lo que está a su paso); entraña tener una política impositiva hacia la riqueza ociosa, hacia los que se dedican a los usureros locales y trasnacionales, a los capitales “buitres” (peor que robar un banco es fundar un banco decía Bertold Brecht)
Algo podrido huele en Dinamarca
El capitalismo sufre la crisis más profunda desde 1929, con complicaciones energéticas, de los recursos naturales, de cambio climático, de la alimentación, de sus paradigmas militares… Los analistas más serios se preguntan si para el segundo trimestre de 2009 la crisis habrá tocado fondo. Por ahora, aún no ha tocado fondo: no es que ya hayamos llegado abajo, sino que todavía estamos cayendo y podemos caer bastante más. Eso se está viendo de manera bastante clara en países como EE.UU. y países europeos. Deciden rescates a favor de los bancos y de las grandes empresas, y la respuesta de las bolsas es una caída de sus valores. Ahora los gobiernos participan de las direcciones de los grandes conglomerados industriales, como Chevrolet –que acaba de quebrar-. Es decir, es insuficiente el rescate y la sensación es que nada alcanza para detener esta crisis.
En ese contexto, la batalla ideológica es de enorme importancia, en primer lugar porque la prensa deforma a propósito todas las informaciones, las tergiversa. Esta es una crisis integral, que abarca al sistema capitalista en su conjunto, en sus dimensiones económicas, políticas, sociales, ideológicas, ecológicas, militares, internacionales… va mucho más allá de una mera crisis bancaria o simplemente una crisis económica. Es una crisis que pone en cuestión todo y que por tanto requiere que los intelectuales denuncien las verdaderas dimensiones.
En segundo lugar, es necesario dejar claro que no basta con que se produzca una crisis de esta naturaleza para que la crisis ocasione el derrumbe del sistema capitalista.; el capitalismo jamás caerá solo, caerá si hay una fuerza social que lo haga caer. Podemos tener una gran crisis; pero si no tenemos el sujeto histórico que lleve adelante las transformaciones, los cambios no se hacen. Y entonces, vendría la barbarie. Rosa Luxemburgo lo planteó como socialismo o barbarie.
La salida capitalista será una salida reaccionaria, militarista, de criminalización de la protesta social. ¿Cómo compatibilizar desempleo masivo, caída de los salarios y caída de los servicios, con el hecho de que ahora aparecen los responsables de todo esto bajo los ojos de la gran prensa mundial, ganando sueldos cercanos al millón de dólares anual?
El drama de esta crisis es que tenemos las condiciones objetivas; pero las condiciones subjetivas, que son fundamentales, no están todavía. De manera confusa avizoran en algunas regiones, como en América Latina, pero no lo suficiente. Esta situación nos plantea la necesidad fundamental de decir la verdad, de difundir las ideas, denunciar las mentiras que permanentemente divulga la prensa para minimizar la situación. Tenemos que hacer que la gente tome conciencia de que estamos en presencia de un momento extraordinariamente crítico, que el cambio climático puede llevar a una catástrofe de dimensiones incalculables. Pero, ¿cómo se presenta “cambio climático”?: como “desastres naturales”. ¡Nada es natural! Todo ha sido creado por el hombre, por un sistema que transforma a la naturaleza en recursos económicos, en mercancías que pueden utilizarse hasta la saciedad. Derretimiento de los casquetes polares, los grandes huracanes que azotaron esta isla el año pasado…todo es cambio climático. Este descalabro va a tener enormes consecuencias y todo es producto del capitalismo. Salir a denunciar esto es nuestra misión.
Pero el problema es que nos enfrentamos a una estructura muy poderosa: las grandes empresas invierten en los medios de comunicación no para ganar dinero, sino para ganar influencias. Por ejemplo, el grupo español PRISA –dueño del diario El País e implicado en el golpe contra Chávez- se está quedando metódicamente con los principales medios de comunicación de América Latina. Ellos son muy conscientes de la importancia de la batalla ideológica; nosotros, creo que aún no hemos llegado a calibrarla en su totalidad. Hay que demostrar que el problema no es solo el neoliberalismo, sino el capitalismo, pues ese neoliberalismo no es más que el nuevo ropaje de ese capitalismo. La batalla no debe ser contra la ropa, sino contra el cuerpo, contra ese modelo que ha demostrado ser insostenible. Pero, ¿cómo se construye esto?: pues creando la conciencia de que hay otro mundo posible, yendo en contra del pensamiento único que nos dice que esto es lo que hay y punto. Pues sí hay alternativas, aunque sean costosas. Sabemos que es muy difícil cobrarles impuestos a los ricos, es muy difícil introducir los cambios que hacen falta, pero si pensamos que es imposible, quedémonos en casa. ¡Es obvio que no es fácil! Obvio que habrá enemigos que quieran frustrar proyectos emancipadores, pero salvo que los enfrentemos, el mundo seguirá tal como está.
La única arma que tenemos los pueblos es la organización. La derecha está maravillosamente bien organizada a escala mundial: tienen sus tanques de pensamiento, un cuartel general que se reúne periódicamente, sus universidades, sus periodistas, sus divulgadores… todos trabajando en la misma línea, muy coherentes. Mientras, nosotros tenemos esta gran diversidad que aún no se asume como tal: como una organización internacional de lucha anticapitalista. Hay que definir estrategias más fuertes y coherentes. Exigir que la crisis la arreglen los capitalistas sin despedir un solo trabajador.
Es un momento de cambios y también de reflexión. Se requiere audacia y también claridad. Pero lo que no nos puede pasar es ser tímidos, debemos pasar al frente y las formas serán novedosas. No con el asalto a ningún palacio gubernamental, sino con formas nuevas, nuestras, demostrando de una vez por todas que este sistema insustentable está poniendo en riesgo la vida del planeta. Una solución verdadera a la crisis actual será una solución no capitalista y nosotros tenemos la oportunidad y la obligación de ser parte de esa salida.
Israel, la guerra y otras cuestiones
En los últimos tiempos, hemos emitido numerosos comunicados acerca de la dramática y terrible situación que se vive en el Cercano Oriente; asimismo nos hemos pronunciado acerca de la situación interna de Israel. Lo hemos hecho porque somos humanistas –nos interesa e inquieta el tema de la paz-, y como judíos no podemos desentendernos de lo que sucede en Israel. Como dijimos en numerosas oportunidades: porque amamos a Israel es que decimos lo que decimos.
Sobre la situación interna, podemos calificar al gobierno de Netanyahu como ultranacionalista, de derecha y endeble para afrontar la crisis; esto se expresa en el gabinete ministerial (una mezcla de neoliberales, capitalistas y fundamentalistas religiosos opuestos al proceso de paz), y preocupa tanto dentro como fuera de Israel. Hasta la líder del partido de centro derecha Kadima, Tzipi Livni, se negó a participar en un gobierno de unidad por calificarlo de extrema derecha. Incluso un ex-embajador de EEUU en Israel decía que un ejecutivo liderado por Netanyahu y Liberman es “una mala combinación para los intereses estadounidenses”.
El apoyo del partido del ultraderechista Liberman, fue clave para la elección de Netanyahu para formar gobierno. A esto hay que sumarle la evidente claudicación del partido Laborista (Avodá), quien se integró al gabinete ministerial en una clara muestra de humillación y resignación política, ideológica y ética. El gabinete quedó compuesto por 13 ministros del Likud, 5 de Avodá, 5 de Liberman, 4 de Shas y 2 de otros partidos. Si Liberman fuera ministro de un país como Hungría, Austria o Letonia lo calificaríamos directamente de nazi o fascista.
Los resultados electorales son un refuerzo de la derecha y la extrema derecha, una caída histórica del laborismo y la casi-desaparición del último partido que se reivindica sionista de izquierda, Meretz. Así, la situación política de Israel se vuelve mas volátil que nunca. A la izquierda solo queda el Partido Comunista y su frente Hadash, los que recogieron los frutos de la protesta frente a la criminal guerra en Gaza y el creciente descontento social producto de la crisis capitalista.
Netanyahu sigue sosteniendo las posiciones más duras en el conflicto palestino y esencialmente en la crisis de la Franja de Gaza. Así logró la oportunidad de formar gobierno debido al apoyo decidido que recibió de partidos ultraderechistas y xenófobos, pero tiene en sus manos una problemática coalición de casi 80 diputados (de un total de 120). En ella se reúnen su propio partido de derecha política y económica, dos partidos ultrarreligiosos enfrentados con otro socio de peso: un partido de ultraderecha al borde del racismo, además de un laborismo subordinado.
Es interesante recordar que en 1996 este dirigente logró triunfar en las elecciones con una coalición muy similar a ésta. Pero fue esa misma alianza la que lo hizo renunciar dos años después por “haber cedido a los palestinos”. También hay otro frente a tener en cuenta y es lo social y sindical. La dirección obrera israelí no ve como una salida favorable las ideas neo-liberales y capitalistas a ultranza que siempre defendió este futuro Primer Ministro los próximos meses se perfilan con récords en las cifras de desocupación, con decenas de miles de nuevos parados, y de luchas de los trabajadores, tanto en el sector público como en el privado. Gobierne quien gobierne, los trabajadores y los palestinos serán quienes pierdan.
Por último, la reciente guerra en Gaza nos lleva a diversas conclusiones.
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Pareciera que hay sectores que descubren ahora lo que es la política del gobierno de Israel. Ese “descubrimiento” los conduce a expresarse de manera agitada y perturbada.
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Frente al desasosiego y convulsión de esos sectores políticos nosotros mantuvimos la calma, con la certeza de la verdad de lo que pensamos y decimos; hace 60 años que decimos mas o menos lo mismo y no descubrimos nada en diciembre del 2008, cuando se produjo la intervención militar israelí. Es lo que venimos denunciando desde siempre. En cuanto foro que tuvimos, explicamos nuestra postura haciendo hincapié en nuestra defensa de la paz, de la soberanía y del diálogo genuino con decisión política de llegar a algún tipo de entendimiento entre todos los actores involucrados (Israel, ANP -incluyendo Hamas-, grandes potencias, Egipto).
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Hay una verdadera y extendida ignorancia política y cultural acerca de lo que sucede en el Cercano Oriente; lo que mueve son generalidades, axiomas y fórmulas que poco tienen que ver con los acontecimientos reales. La pauta está dada en el apoyo de muchas izquierdas a Hamas (y Hezbolá en su momento) –repitiendo lo sucedido en la guerra del Líbano-, cuando son formaciones de derecha, de carácter religioso, fundamentalista y reaccionario.
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Si bien no se puede calificar de que existiera una ola antisemita, si observamos reacciones y actitudes lindantes con ello, así como algunos exabruptos muy groseros.
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Como era de esperar, dentro de nuestra colectividad se acentuó el nacionalismo –rayano al chovinismo-, lo que genera un brutal corrimiento general hacia la derecha. Ese nacionalismo inclusive penetra en nuestro movimiento, donde muchos compañeros nos han achacado ser pro-árabes.
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En este sentido, merecería un largo capítulo especial la cuestión del antisemitismo y sus formas de expresión, particularmente en nuestro país. Decía el dirigente socialista alemán del siglo XIX Bebel que “el antisemitismo es el socialismo de los bobos”. Suscribimos y emitimos algunos comunicados (propios y colectivos) que merecieron el rechazo de organizaciones y personalidades de izquierda. Por eso entiendo que es preciso desarrollar un debate fraternal y profundo con ese espacio, sin concesiones pero amistoso y cordial para llegar a puntos de acuerdo y encuentro con el objetivo de desterrar de una vez y para siempre de ese verdadero y horrible azote a la dignidad humana. Muchas veces se confunden cosas, especialmente en este mundo tan maniqueo, motivo por el cual debemos afinar nuestra puntería, así como nuestro lenguaje y concepciones.
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Todo esto nos lleva a la cuestión de la guerra y la paz; en un trabajo muy reciente (Guerra y Paz en el s.XXI, pg.7), el historiador marxista judío Eric Hobsbawn dice que “ … dejó de ser clara la frontera entre guerra y paz … el caos de la situación desde la guerra fría queda de manifiesto en la situación actual que se vive en Oriente Medio. Ni la palabra paz ni la palabra guerra describen exactamente la coyuntura en Irak … o las relaciones entre palestinos e israelíes o las relaciones entre Israel y sus vecinos Siria y Líbano…”
Hemos tratado de estar atentos a lo que sucede tanto dentro y fuera de la colectividad como en lo nacional como internacional, que merezca nuestra atención. En muchas ocasiones nos hemos equivocado, en otras no. Pero nunca esquivamos el bulto ni dejamos de comprometernos. Saludo que nos encontremos y discutamos, que saquemos conclusiones y hagamos planes de trabajo; saludo que nuestra intencionalidad sea la de afianzar vínculos, coordinar iniciativas, obligarnos a tener mas espíritu colectivo. Saludo que nos pongamos a trabajar por un mundo diferente, un mundo justo, de igualdad, libertad, paz y democracia.
Estas son palabras de Rodolfo Walsh: “Imagino también un inventario de las cosas que quiero (…) mis hijas, el trabajo oscuro que hago, los compañeros, el futuro, los que no obedecen, los que no se rinden, los que piensan y forjan y planean, los que actúan, el análisis claro, la revelación de lo escondido, el método cotidiano, la furia fría, la alegría general que ha de venir un día, la gente abrazándose, la pareja en su amor, la esperanza insobornable, la sumersión en los otros”.
Toda crisis genera oportunidades. Pero esa oportunidad habrá que cultivarla y trabajarla, construirla. Es una de ellas en la que debemos tener mucha imaginación y mas valentía; buscar nuevos dirigentes entre los jóvenes que se han desencantado y cuestionan todo, entre los de mediana edad que no se resignan pero que se han marchado a sus casas o buscan otras alternativas renovadoras. Esa es nuestra responsabilidad compartida como colectivo de dirección mas allá y mas acá de las diferencias que podamos legítimamente tener.
Hay que terminar de una vez por todas con el duelo. Debemos unir mas nuestras fuerzas, entrecruzar mas información, mas ayuda mutua; deben existir mas vasos comunicantes entre nosotros, mas espíritu de cuerpo, mas dimensión colectiva, mas tareas comunes, mas esfuerzos solidarios. Somos un movimiento con una orientación única y no la suma de muchas Instituciones. Es momento de erguir la cabeza, orgullosos de lo que hicimos, de nuestros aportes al movimiento popular, social y democrático de la Argentina, y salir con mucha fuerza de esta etapa de repliegue.
El balance que podemos hacer de cada una de las instituciones y del movimiento en general es positivo. Somos parte del movimiento popular argentino y con él proseguimos desarrollando nuestro compromiso en la lucha por la vigencia irrestricta y plena de todos los derechos humanos, la justicia, la solidaridad, la democracia. Es cuestión de seguir adelante.
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