Indagaciones

de Sol menguante

CUENTO GANADOR DEL 1º PREMIO:
Concurso literario 2015 “Cien años de historias compartidas”

Asociación Cultural Israelita de Córdoba
01/08/2015

Desde hace un tiempo, en el estante central de mi biblioteca, los libros han tenido que resignar parte de su comodidad y estrecharse y hacerles lugar a dos cajas de cartón forradas en papel araña color azul. Ambas están colmadas de fotografías que mi madre ordenó pacientemente por fechas, antes de ponerlas a mi custodia. “¡No es lo único que hago, hija!”, decía, cuando le recriminaba las horas pasadas entre las fotos, privándose del sol y de sus amigas. Apenas terminó con lo que se había propuesto –eso fue un mes antes de morir– me llamó por teléfono y me pidió que las guardase. Le sugerí que, por ser Ernesto su hijo mayor y único varón, la guarda le correspondía. ―Lo estuve pensando. Pero prefiero que estén con vos…al menos por un tiempo”, sentenció, y las sentencias de mamá jamás se discutieron.

Un viernes de Julio se invitó cenar: ―Me pasás a buscar, te llevás las fotos y cenamos algo en tu departamento, dijo.

Aquel día llegué a su casa cuando comenzaba a anochecer. Tomé las cajas que ella había dispuesto sobre la mesa del living, las acomodé en el baúl del auto lo mejor que pude y partimos hacia a mi departamento. En el trayecto compramos unos ravioles preparados con salsa roja y un merlot salteño que ambas ponderábamos como la más beneficiosa de las medicinas. Esa noche mamá estaba de buen humor. Me interrogó con prudencia sobre mi estado de ánimo y mi trabajo; revisó el estado de salud de los cactus y geranios que habitan la terraza y tocó en el piano, el vals ―Desde el alma‖. El único que había logrado aprender, gracias a su tesón y mi paciencia.

Durante la cena se refirió brevemente a las fotografías: ―Esas imágenes se mantienen en silencio hasta el momento en que son interrogadas. Entonces hablan, relatan a cada quién, historias diferentes. Conservá en tu corazón lo que te descubran,”, dijo. Guardó silencio unos segundos, levantó su copa de vino y me propuso un brindis.

***

Ayer sábado se cumplieron cinco meses de su muerte. Mientras desayunaba, recordé que durante la noche la había soñado. Ella (joven) y mis dos hermanos (aún pequeños) reían y arrojaban fotografías desde la ventanilla de un tren que comenzaba a partir. Papá y yo los observábamos turbados desde el andén. Luego, comenzamos a correr intentando subir al vagón, pero aquel tapiz de imágenes opacadas por el tiempo, nos impedía aligerar el paso. El tren se fue alejando hasta desaparecer por completo. La muchedumbre que despedía a sus familiares o amigos, nos miraba con desdén. Mi padre tomó la cuerda de la campana de la estación y la hizo tañer con furia repetidas veces, hasta dispersarlos. Me dispuse a recoger las fotos, pero se escurrían de mis manos pequeñas. Finalmente, un viento intenso las dispersó. Algunas, se elevaban por el aire y caían en picada como alcatraces hambrientos, otras, se desvanecían entre las vías ociosas del ferrocarril.

Terminé el desayuno, abrí la persiana de living para que el sol franquease la ventana, y comencé a revisar las fotografías de las cajas.

En la primera, mis padres posan formalmente en el día de su casamiento: Mamá, está sentada en una silla con su traje de novia. En el rostro, levemente volteado hacia la izquierda, se insinúa una sonrisa. Entre sus manos, un ramo de flores ignotas. A su lado, mi padre, parado de perfil, rota la cabeza y dirige sus ojos oscuros hacia la cámara. Una de sus manos descansa en la silla de la novia, y la otra, en su propia cintura. El pie derecho, cruzado por encima del izquierdo, apoya en punta. Ambos aparentan más edad de la que entonces tenían. En el dorso de la foto se lee ―San Giacomo degli Squiavone – 02 de ottobre de 1912‖.

Encendí la computadora, arrimé las cajas con las fotos y comencé a escribir lo que ellas me imponían.

***

1912
Febrero: Francisco me pidió que nos casáramos y que fuésemos a vivir a la Argentina. Nos casamos en abril. Me niego a dejar Italia, aunque las noticias que llegan de parientes emigrados a ese país juegan en mi contra. Dicen que allá no se pasa hambre y que se consigue trabajo.

1913
Febrero: el médico me anunció que llevo un mes de embarazo. Puse de excusa la gravidez para suspender el viaje, pero Francisco me convenció que debíamos continuar con el propósito. Un primo, le había escrito sobre la oportunidad de trabajar como electricista en el Teatro Colón.

Marzo: partimos hacía la Argentina desde Nápoles. Vomito a diario.

Abril: estamos viviendo en Buenos Aires, en un conventillo de la calle Humberto Primo al 500. Francisco trabaja en el teatro Colón, supongo que cambiando lamparitas porque de electricidad es poco lo que sabe.

Abril: Francisco llegó anoche a casa con aliento a vino y olor a sexo de mujer en el cabello. Le pedí que se fuera. Se disculpó y prometió que no lo volvería a hacerlo. Pasó el resto de la noche durmiendo en la cocina.

Setiembre: nació Ernesto.

Diciembre: nos pusimos de acuerdo con los vecinos en sacar las mesas a la calle y festejar así la Nochebuena. Excepto la mayoría de nuestros hijos y unos pocos inmigrantes españoles, los demás somos todos italianos,

1914
Julio: Hoy recibí una carta de mi padre escrita por el cura del pueblo. Dice que por el momento Italia se mantiene neutral y que no debo preocuparme porque la guerra está tan distante de ellos, como de nosotros.

Noviembre: me enteré de mi segundo embarazo. Estoy de mes y medio. Francisco continúa trabajando en el Colón. Su salario no nos permite alquilar una casa fuera del conventillo. Yo le digo que nos vayamos a trabajar al campo, en algún lugar de Santa Fe o Córdoba pero él dice que su familia y la mía abandonaron la vida rural hace más de un siglo. “El campo y la industria son para los paisanos del norte, para nosotros, los de Campobasso, los oficios y el empleo público”. No sé de dónde saca esas ideas.

1915
Febrero: Francisco repitió lo que había hecho tiempo atrás, sólo que ahora el calor lo incitó a que tomara mucho más que en aquella ocasión y el olor a sexo se mezclaba con otro rancio de su propia transpiración. Le exigí que al día siguiente comprara dos pasajes a Italia. Uno para mí y otro para Ernestito. Se pasó el domingo implorándome que no me fuera. El lunes por la noche regresó con lo que le había reclamado. El martes les escribí a mis padres pidiéndoles que el 1º de abril algún pariente nos fuese a buscar a Nápoles.

Marzo: Por segunda vez atravesé el Atlántico embarazada. Otro cruce en barco y otra vez los vómitos.

Abril: en el puerto nos esperaban un hermano menor de mi padre, su hijo y mi propio hermano mayor. Le escribí a Francisco diciéndole que habíamos llegado bien y que nos quedaríamos a vivir en casa de mis padres.

Mayo: Ernesto dice sus primeras palabras “mamma” y “nonno”.

Agosto: Hoy 19 nació Florencia.

Setiembre: Le festejamos a Ernestito su segundo cumpleaños. Mi padre lo consiente demasiado. Supongo porque es su nieto menor y único varón. Llegó una carta de Francisco. Me entristeció mucho.

***

Miré la hora, eran las dos de la tarde. Me detuve unos minutos para almorzar y volví a la computadora para continuar revisando las fotografías. El sol prolongaba su estadía en la habitación, templándola y llenándola de luz.

***

1918
Mayo: Finalizó la guerra. Friedrich le pidió a papá que le permitiera continuar viviendo con mi familia, ahora como hombre libre. Mi padre acepto. Hace un año, este austríaco fue tomado prisionero (como muchos otros) en el norte de Italia y trasladado a nuestro pueblo. Trabaja en la comuna por la mañana, acarreando expedientes y por la tarde, en el taller de tapicería de mi padre. Esa es la condición que le impusieron para no enviarlo a un campo de detenidos. Nuestra familia aceptó tenerlo en la casa.

Abril: Francisco escribió diciéndome que era hora de disculparlo, que volviéramos. Quiero conocer a mis hijos, dice. No estoy segura de querer regresar, pero me duele que los niños crezcan sin su padre. Casi no preguntan por él.

1919
Junio: Ayer, mientras preparaba la cena, entró Friedrich a la cocina y me abrazó imprevistamente. Sentí que mi cuerpo ardía como si estuviese cruzando desnuda un desierto interminable. Me pidió que pasáramos la noche juntos. Le dije, sin obligarlo a que me soltase, que yo era una mujer casada. Me miró con la misma compasión y deseo que yo a él y se fue sin decir más nada. Esa noche decidió no bajar a cenar. Horas después, cuando estuve segura de que todos dormían, subí a su cuarto. Aquella fue la primera vez de muchas otras.

1920
Junio: le escribí a Francisco diciéndole que en setiembre regresaríamos a la Argentina. Está viviendo en Villa María, una ciudad pequeña de la Provincia de Córdoba y trabaja, desde hace dos años, como guardatrén en el Ferrocarril Central Argentino.

Setiembre: mis padres, mis hermanos y algunos sobrinos, fueron a despedirme a Nápoles. Friedrich prefirió quedarse en San Giacomo. Hoy reparé, mientras veía a mis hijos jugando en la cubierta del barco, que ambos fueron concebidos en un país y nacieron en otro. También en este viaje vomito. Mientras no estoy con nauseas, trato de enseñarles palabras en castellano que aún recuerdo. No son muchas y las pronuncio, según algunos pasajeros, bastante mal.

1921
Fines de Mayo: nació Ángela. Mis comadres bromean: no alcanzaste a bajar del barco que Francisco ya te había embarazado, dicen. Mi hija es preciosa, heredó los mismos ojos celestes de su padre.

***

Me asomé al balcón. Había oscurecido. Le hablé a Ernesto para pedirle que viniese a almorzar mañana domingo con Florencia. Voy a amasar unos tallarines y quiero mostrarles unas fotografías que mamá me pidió las guardase por un tiempo. Corté y me di una ducha. El agua caliente calmó un poco la congoja.

***
Suena el portero eléctrico, son mis hermanos. Los hago pasar. Ernesto se quita el sobretodo y lo cuelga en el respaldar de una silla. Abre la heladera, saca el vino y el queso rallado y los deposita sobre la mesa. Se acerca y me toma de las manos.

—Tenés los ojos brillosos, como si hubieses llorado —me dice inquisitivo.
—No tonto, acabo de pelar las cebollas para hacer la salsa —le digo, y lo abrazo como sólo abrazan las huérfanas.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s