Luna Gallega

DE Silvio Godoy Argiz

CUENTO GANADOR DEL 3º PREMIO:
Concurso literario 2015 “Cien años de historias compartidas”

Asociación Cultural Israelita de Córdoba
01/08/2015

La noche oscura se filtraba por el velo de la ventana, solo unas pocas estrellas, que en reemplazo de una luna ausente, brillaban en el cielo, iluminando someramente la fachada de una casa que aparecía como escondida entre los árboles rompiendo la monotonía del lugar. Un sollozo suave, casi imperceptible se escucha, una silueta, una figura se ve en el interior, una anciana de pie al lado de una alta cama toma la mano de su enfermo esposo. Se miran, se sienten, se acompañan, como lo hicieron toda una vida, como lo hicieron desde siempre, como lo siguen haciendo. No hay palabras, no hay gestos entre ellos, no les hace falta algo tan vano para decirse un sinfín de cosas. Se miran. Ella sostiene su mano con firmeza como aquella vez, hace más de 60 largos años, cuando en esa humilde y sencilla ceremonia se dieron el “si”. Él la mira con la misma ternura y cariño, como esa primera vez, cuando un jocoso amigo los presento en aquel barcito porteño de la Avenida Rivadavia y que uniría sus destinos para siempre. Ambos siguen cumpliendo su papel, ella la mujer fuerte, compañera incondicional y devota, él el eterno enamorado, el dulce, el que con una simple sonrisa alegraba sus mañanas. Y ahí estaba yo, sentado en una orilla de la oscura habitación, apartado del momento, mis ojos miraban sin ver y mi mente volaba lejos, rememorado innumerables recuerdos que sin querer empezaban a aflorar de lo más profundo de mí ser. Muchos de ellos eran recuerdos casi olvidados, guardados en vaya uno a saber que cajón de la memoria, pero que en ese momento se presentaban tan frescos como si hubieran sido ayer. Las largas y extensas charlas de sobremesa, las historias y anécdotas que mi abuelo siempre contaba de su juventud, los paseos por el campo rememorando su Galicia natal, los concejos, las miradas cómplices que siempre nos hacíamos cuando alguno de los dos o los dos juntos, abuelo y nieto, nos mandábamos alguna travesura y muchos mas. Uno tras otro se repetían, absorto en mis pensamientos, en algún momento de la noche, no podría decir cual, ya que la misma me pareció eterna, tuve que salir a refrescarme con el frio aire de aquel abril otoñal. Me sentía abochornado, la realidad se mezclaba con los sueños y los recuerdos en un confuso presente de sensaciones encontradas. Pero ella no, ella seguía firme a su lado, como un roble que se yergue impoluto mas allá de cualquier tempestad, seguía tan firme como su amor hacia él. Sus ojos brillaban como luceros, pareciendo que guiaban su camino, él la miraba. Parecía que el tiempo se detenía en ese preciso instante en que ambas almas se conectaban, yo los miraba atento, intrigado quizás, como intentando comprender, por lo menos en parte, ese amor tan puro, desinteresado y pleno que se veía reflejado en los ojos de ambos enamorados. Sus rostros eran clara evidencia del paso del tiempo, su piel testigo de decenas de estaciones, sin embargo, detrás de las arrugas forjadas en sus sienes y de sus cabellos canos, dos adolecentes locamente enamorados se sonreían, se miraban, se decían tantas cosas sin siquiera pronunciar una palabra.

La noche pasaba, pero el sol parecía retrasar su amanecer, como si estuviese esperando que algo sucediera, la luna se mantenía firme en el cielo, la podía ver desde la ventana, parecía acompañar el momento. La casa estaba en silencio, el clásico silencio de campo podrían decir, pues no, este era un silencio total, ni el más leve ruido se escuchaba del exterior, todo parecía complotar para generar un atmosfera de total calma. Hasta que el momento llego, un fuerte apretón de manos despertó a la anciana, que dormitaba apoyada en el borde de la cama, en un momento de flaqueza donde sus años le hicieron bajar la guardia, un sudor frio recorría la frente de su amado. Ambos sabían que el instante tan temido se estaba acercando. Atónito ante la situación, sin saber que hacer me levante bruscamente de mi silla, un leve gesto de su mano y una mirada de reojo me hizo sentarme nuevamente. Estaba demasiado tranquila, sabía qué hacer, sus arrugados dedos peinaron sus plateadas sienes, una mirada profunda se cruzo entre ambos, un fuerte apretón de manos y simplemente ella lo dejo ir, liberando así su alma joven, permitiéndole dejar atrás un cuerpo que hace años lo tenía prisionero, pero que quizás para no romper aquella promesa que ante el altar promulgaron, se negaba a volar. Sus ojos se cerraron, un leve temblor, un suspiro, su luz se apago. Un silencio profundo se adueño de la habitación. Ella lo seguía peinando y mirando con un devoto amor, una lágrima se deslizaba surcando las arrugas de su anciano rostro, su compañero se había ido, fue él quien rompió aquella primer promesa que se dieron cuando eran unos jóvenes. Era ella la que ahora, después de tanto, debía seguir su viaje sola. Me acerco, seco las lagrimas que corrían por mi rostro y la tomo entre mis brazos, como cuando niño no me quería ir de su casa, la abrazo fuerte, como no queriendo que ella también se fuera a escapar, no la iba a dejar, no se lo iba a permitir, aunque apuesto que la idea de irse con su amado no debió de haberla disgustado mucho. De su boca salió un leve y entrecortado susurro, “se nos fue”, se limito a decir, nos fundimos en un llanto profundo y sentido, la luz del sol comenzó a iluminarnos. ¿Era esto lo que esperaba la luna? ¿Curiosa quería saber el desenlace de la historia? ¿Recordaría quizás a ese niño gallego que en las frías noches de los inviernos europeos la miraba con tantos sueños y anhelos?… ¿Esa luna compañera en sus largas noches en altamar y en sus primeras y solitarias noches en la capital porteña, quería estar presente también en este triste momento? Creo que sí. Sus últimos destellos de luz blanca dieron paso a un tenue amanecer. Los días pasaron, los recuerdos persistían. Pensamientos irrisorios se agolpaban en mi mente sobre lo ínfimo de la existencia humana sobre el globo. La mujer fuerte seguía así, impoluta ante la más dura adversidad que la golpeaba de frente, aun en su inmenso dolor sabía dibujar una sonrisa en su rostro y contagiarla a todos los que la rodeábamos. Los días siguientes fueron grises, no solo por los ánimos, sino también por el clima, que a tono acompaño.

Tiempo después, ahí estaba yo, lejos, muy lejos de aquel lugar, una mezcla de realidad y fantasía no me dejaban despertar de la ensoñación que vivía en aquel viaje que tanto había ansiado por años. Recostado sobre el suelo, la hierba verde y fresca del pleno verano invitaba a descansar sobre ella, aprovechaba para acomodar todas las ideas y pensamientos que se agolpaban en mi mente. Medio entre dormido, relajado quizás por los últimos y tenues rayos de sol que se filtraban por entre los árboles del parque, una claridad deslumbrante me despertó. La luna salía, plena y radiante en su máximo esplendor, sus rayos de luz blanca y pura parecían pincelar con suma delicadeza la oscura noche. Nunca había visto una luna tan grande y llena, mis ojos se posan fijos sobre el astro. Sus rayos cubrían mi rostro, se deslizaban por mi piel como si sus luceros me estuvieran acariciando de una forma tan sutil como imperceptible. Una total paz se adueño de mí, una paz plena, como nunca la había sentido. Y fue solo ahí cuando lo sentí, sentí su espíritu joven e indomable a mi lado, sentí sus incomparables ganas de vivir, sentí sus manos y vi sus ojos claros y profundos como el horizonte. Su mirada era plena, llena de felicidad, sentí su alma libre. El había regresado, mejor dicho, nunca se había ido. Esa luna que lo acompaño hasta su último suspiro ahora me lo mostraba de nuevo tan vivo a mi lado, pero ahora era su otra cara, su cara gallega, la misma que lo acompaño en sus primeros juegos y morrisquetas, hoy me agradecía por traerlo conmigo de vuelta, por traerlo de nuevo al lugar que tanto amo, su tierra, la tierra que lo vio nacer.

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